Revista Peruana de Derecho Internacional
Tomo LXXI Setiembre-Diciembre 2021 N° 169, pp. 153-157. ISSN: 2663-0222
Recepción: 30/09/2021 Aceptación: 07/11/2021
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PALABRAS DEL SEÑOR MINISTRO DE RELACIONES EXTERIORES,
EMBAJADOR OSCAR MAÚRTUA DE ROMAÑA, EN ACTO
CONMEMORATIVO DEL 20° ANIVERSARIO DE LA ADOPCIÓN DE LA
CARTA DEMOCRÁTICA INTERAMERICANA
Palacio de Torre Tagle
16 de setiembre de 2021
11:30 horas
Señor Aníbal Torres Vásquez, Ministro de Estado en el Despacho de Justicia y Derechos
Humanos,
Señor Viceministro de Relaciones Exteriores, embajador Luis Enrique Chávez
Basagoitia,
Señor embajador Luis Castro Joo, Secretario General del Ministerio de Relaciones
Exteriores,
Señor embajador Manuel Rodríguez Cuadros, ex Canciller de la República y
Representante Permanente Designado ante la Organización de las Naciones Unidas con
sede en Nueva York,
Señor embajador Raúl Ricardes, ex Representante Permanente de la Argentina ante la
Organización de los Estados Americanos,
Señoras y señores invitados especiales a esta ceremonia,
Queridos colegas y amigos,
Hace veinte años se consagró en esta capital una de las contribuciones más relevantes y
trascendentes del Perú al acervo del sistema interamericano, con una honda repercusión
en la vida de los Estados y de las sociedades del hemisferio. La Carta Democrática
Interamericana, aprobada en 2001 durante el vigésimo octavo período extraordinario de
sesiones de la Asamblea General de la Organización de los Estados Americanos (OEA),
convocado en Lima, ha guiado desde entonces las deliberaciones y los cursos de acción
de los países del continente, en momentos en los que la vigencia plena del sistema
democrático se ha visto concernida.
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Recepción: 30/09/2021 Aceptación: 07/11/2021
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La iniciativa de sistematizar en un instrumento los elementos conceptuales y prácticos
que requerían los Estados, para conducirse en defensa de la democracia frente a una
alteración o ruptura del orden institucional, fue planteada por el Perú como resultado, en
buena cuenta, de su propia experiencia histórica. Como todos recordamos, a los peruanos
nos cupo, bajo el liderazgo del Presidente Valentín Paniagua, la tarea de desmontar y
superar las secuelas de un periodo de autoritarismo, para restaurar las libertades, las
instituciones y los procedimientos propios de la democracia.
Para llevar a buen puerto esta propuesta, tuvo que ponerse en marcha lo mejor de la
tradición, la laboriosidad y, por qué no decirlo, el talento de la diplomacia peruana, al
mando del entonces Canciller, embajador Javier Pérez de Cuellar, quien ejercía
igualmente la Presidencia del Consejo de Ministros. El acertado liderazgo ejercido por el
Perú, en la persona del Embajador Manuel Rodríguez Cuadros, quien ideó la iniciativa y
condujo las negociaciones que llevaron a la adopción por unanimidad de la Carta por
parte de todos los Estados miembros de la OEA, ha sido ampliamente reconocido y
constituye un sobresaliente episodio de la historia diplomática de nuestro país.
En ese derrotero de la ontología bicentenaria de esta Cancillería, institución que afirma el
carácter soberano e independiente de nuestro Estado republicano, la Carta Democrática
nos remonta también a ese episodio auroral que fue la convocatoria desde Lima, el 7 de
diciembre de 1824, del Congreso Anfictiónico de Panamá, horas antes que en la Pampa
de la Quinua se sellara la independencia del Perú, cuna de la civilización andina y otrora
centro del poder colonial en la América del Sur. Nos retrotrae, pues nos entronca con el
espíritu que animó aquel Congreso, que décadas después tomó forma en la Unión
Panamericana y finalmente en la Organización de los Estados Americanos (OEA), cuya
Asamblea General adoptó en sesión extraordinaria, hace dos décadas, en esta misma
capital, el instrumento que hoy nos convoca y nos motiva.
Por ello, resulta especialmente grato tener la oportunidad de aproximarnos a este pasaje
de manera más profunda y directa, a través del testimonio privilegiado y el análisis de
uno de sus protagonistas, en un concierto de calificados actores, como los representantes
de los llamados países amigos de la Carta, cuarteto que integró el Embajador Raúl
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Ricardes, nuestro colega argentino, cuya presencia hoy desde Buenos Aires agradezco
especialmente.
Va igualmente mi reconocimiento al embajador Manuel Rodríguez Cuadros, entrañable
amigo y colega, ex Canciller y muy destacado miembro de esta nuestra casa de Torre
Tagle, por su presentación hoy, que nos deja su testimonio y una mirada aguda sobre los
pormenores de la concepción, la negociación, la adopción y la aplicación de la Carta. Esto
ha sido tan solo un preámbulo de lo que tendremos en su próximo libro La Carta
Democrática Interamericana. Origen, Negociación, Normas y Aplicación, cuya
publicación está en preparación y la cual, estoy seguro, se convertirá en una de las fuentes
más importantes para lograr, desde el punto de vista diplomático, jurídico y por supuesto
histórico, una comprensión amplia y una valoración apropiada de la gestación y el
desarrollo de este vital instrumento.
Es preciso también destacar que la Carta Democrática Interamericana fue adoptada en la
OEA, como expresión de lo que esta organización al final de cuentas es y debe seguir
siendo: lo que los gobiernos del continente desean que ella materialice, construya,
promueva e incentive. Tengamos muy claro que el multilateralismo es reflejo de la
voluntad de los gobiernos y la OEA es expresión de ello. En eso plasma lo que inspiró su
creación bajo la visión de tener a los pueblos de América unidos, que proclamaron en
aquella convocatoria bicentenaria el Libertador Simón Bolivar y su Canciller Faustino
Sánchez Carrión.
Señoras y señores,
A lo largo de estos veinte años, se han producido en diversos países y en diferentes
momentos, situaciones complejas que han renovado los desafíos para la acción
coordinada de los Estados en defensa del imperante sistema democrático. En tales
escenarios, la democracia y su institucionalidad han sido objeto de disputas, tensiones y,
en ciertas ocasiones, francas amenazas y rupturas. Si consentimos que la democracia es
una justiciera aspiración y un anhelo libertario, y a la vez, un proceso en permanente
construcción, entonces los mecanismos diseñados para protegerla precisan también
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adaptarse a la dinámica de la realidad, que con el paso del tiempo y la evolución de las
sociedades incorpora nuevos factores que deben ser tomados en cuenta.
En ese orden de ideas, podríamos reflexionar por ejemplo, a la luz de la experiencia
acumulada, sobre los mecanismos de suspensión y aislamiento, que pueden llegarse a
agotar en sí mismos sin producir los resultados deseados y acarrear con ello condiciones
aún más desfavorables para la protección de los derechos de los ciudadanos,
especialmente de los más vulnerables. No perdamos de vista que en los casos de rupturas
del orden democrático, se trata de conducir todos nuestros esfuerzos al restablecimiento
efectivo de las libertades y las instituciones, antes que a un ejercicio punitivo. En ese
horizonte los espacios del diálogo, del entendimiento, de la búsqueda del bien común, en
suma, de la diplomacia y de la política -basadas en la solidaridad-, son siempre los que
con mayor ahínco debemos propiciar, con medidas para remediar efectivamente las
dificultades encontradas, antes de que se haga más complejo remontarlas.
Precisamente, la Carta Democrática Interamericana dialoga de manera fructífera con los
debates contemporáneos, y tiene el enorme mérito de delinear no solo mecanismos y
procedimientos, como la observación electoral internacional, sino también una
comprensión más amplia y concreta de lo que significa la democracia representativa para
la política internacional en el hemisferio. Así, los derechos económicos, sociales y
culturales; el crecimiento económico con equidad; los derechos de los trabajadores; el
manejo adecuado del medio ambiente; la participación igualitaria de las mujeres; entre
otros elementos fundamentales, están contenidos en la letra y en el espíritu de la Carta, y
se articulan de manera inequívoca e interdependiente con las aspiraciones legítimas de
nuestros pueblos por alcanzar mejores e inclusivas condiciones de vida, dejando atrás la
pobreza, la exclusión y la marginalidad.
La Carta Democrática Interamericana tiene pues contribuciones perdurables que
acreditan con creces su vigencia y que enriquecen, por lo demás, la visión de una
diplomacia nacional, autónoma, democrática, social y descentralizada, como la que
despliega el gobierno del Presidente Pedro Castillo. La justa valoración de sus virtudes y
aportes, debe ser a su vez el principal estímulo para darle continuidad al esfuerzo
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permanente de evaluar, optimizar y, si es preciso, incluso replantear los recursos de los
que disponemos para la preservación y la consolidación de la convivencia democrática
en nuestro continente. Destaco entre ellos, el Compromiso de Lima por la Gobernabilidad
Democrática contra la Corrupción, que se adoptó el 2018 en la VIII Cumbre de las
Américas, que acogió nuestro país, para reforzar la lucha contra ese flagelo que erosiona
la democracia y la estabilidad jurídica de nuestros países, detrae recursos requeridos para
financiar el desarrollo, genera desencanto y desconfianza en las instituciones, e
incrementa la desigualdad.
Estimados colegas y amigos,
Quiero concluir estas palabras agradeciéndoles, por acompañarnos presencial o
virtualmente, en esta conmemoración; y recordarles, que tengamos presente que la propia
Carta Democrática Interamericana fue un resultado tangible de ese compromiso firme,
imaginativo y renovador con la democracia en nuestro continente, más allá de
comprensibles y necesarias diferencias ideológicas, políticas y de intereses.
Consideremos pues que la Carta Interamericana Democrática es el elemento sustantivo y
trascendental que debe ser preservado y debe interpelarnos con lo mucho que aún tenemos
por hacer y alcanzar en nuestro país y en todo nuestro continente.
Muchas gracias.