REVISTA PERUANA DE DERECHO INTERNACIONAL
ISSN: 0035-0370 / ISSN-e: 2663-0222
Tomo LXXIII. Mayo-Agosto 2023, pp. 215-217.
DOI: https://doi.org/10.38180/rpdi.v73i174.420
NOTAS NECROLOGICAS
Thomas Buergenthal † (1934-2023)
Por el Embajador Harry Belevan-McBride(*)
Cualquier necrológica sobre Thomas Buergenthal, el ilustre miembro correspondiente de la SPDI fallecido el 29 de mayo del 2023 en los Estados Unidos, su país de adopción, es primeramente una rememoración de la Shoá en todo su horror espectral, pues él fue uno de los últimos supervivientes de Auschwitz y Sachsenhausen, los campos nazis de exterminación a donde llegó Buergenthal en su preadolescencia, es decir, a una edad acaso breve en años pero lo suficientemente consciente como para recordar las atrocidades indescriptibles que lo tatuaron de por vida con el sello indeleble de la memoria. Simultáneamente, mencionar el nombre de este afamado juez –cargo que, con el tiempo, se convertiría casi en su sobrenombre— es también evocar al afamado jurista cuya voz fue, sobre todo, una ardorosa y permanente defensa de los derechos humanos en todas partes, y particularmente en América Latina.
El Juez Buergenthal nació en una ciudad provinciana de Checoslovaquia en 1934, huyendo de Alemania con su familia luego de que el partido nazi ganara las elecciones federales el año precedente. Su padre, abogado y hotelero, decidió luego trasladarse a su natal Polonia cuando Alemania desmembró Checoslovaquia, pero su decisión fue tardía pues estalló la guerra y los judíos en Polonia fueron concentrados en guetos, en su caso primero en Kielce y luego en el campo de concentración de Auschwitz, en donde s u padre y sus abuelos fallecieron. “Mi experiencia del holocausto –escribió Buergenthal en Un niño afortunado, sus memorias publicadas en el 2007 y prologadas por Elie Wiesel, premio Nobel de la Paz 1986-- tuvo un impacto sustancial en el ser humano en que me convertí”.
En 1951 Thomas Buergenthal emigró a los Estados Unidos, en donde terminó su educación secundaria. En 1960 se graduó en derecho en la New York University y obtuvo su maestría y doctorado en leyes en la Harvard Law School. Posteriormente fue decano de la facultad de derecho de la American University; profesor en la Universidad de Texas, la Universidad de Nueva York y la Emory University desempeñándose, además, como Director del Programa sobre Derechos Humanos del Carter Center, en donde tuve el privilegio de conocerle.
De particular interés para América Latina es el hecho que Buergenthal fue juez de la Corte Interamericana de Derechos Humanos entre 1979 y 1994, llegando a presidirla de 1989 hasta su retiro. Desde semejante tribuna, el Juez Buergenthal no sólo fustigó acremente la barbarie de las dictaduras castrenses en distintos países del hemisferio, sino que también se convirtió en un crítico desembozado de la complicidad de distintos gobiernos estadounidenses en las llamadas guerras sucias que se libraron en algunos países de América Central. Fue en estas circunstancias en que tuve el privilegio de frecuentarlo, cuando yo me desempeñaba como representante personal del Secretario General de la OEA en las negociaciones de Esquipulas, Sapoá y Nueva York entre el gobierno sandinista y la denominada Contra nicaragüense. Muchas fueron las conversaciones que tanto el embajador Baena Soares como yo mantuvimos por años con Buergenthal (Tom como gustaba que lo llamaran sus amigos), sobre todo cuando la frustración se empantanaba en un desánimo generalizado cada vez que surgían desinteligencias políticas y estratégicas, que parecían insalvables, entre los nicas y el resto de los centroamericanos. Sentí siempre las palabras de este amigo alentadoras, en medio del agobio por los enfrentamientos bélicos entre los propios nicaragüenses pero también en las hostilidades periódicas entre el gobierno de Managua y los restantes países del istmo. Thomas Buergenthal fue, asimismo, juez de la Corte Internacional de Justicia entre el 2000 y el 2010. Algunos de sus fallos y sentencias, tanto en la corte regional como en la universal, fueron reconocidos como verdaderas aportaciones a la jurisprudencia internacional y a la ciencia del derecho.
Una actitud siempre bondadosa y amical hacia todos sus interlocutores; esa bonhomía reflejada en una voz eternamente queda con la que podía, por igual, alentar y animar a cualquiera, aunque también reprender y amonestar; su caballerosidad sin límites ni distinciones junto con esa humanidad que cintilaba en su rostro; son algunos, entre muchos otros, de los rasgos y atributos que marcaron la vida personal y la trayectoria profesional de este insigne jurista norteamericano que tan bien conoció y apreció al Perú, a los peruanos y a los latinoamericanos.
