Revista Peruana de Derecho Internacional
Tomo LXX Enero-Abril 2020 N° 164, pp. 189-201.
ISSN: 2663-0222
CIEN AÑOS DE MULTILATERALISMO Y RETOS PARA EL SEGUNDO
CENTENARIO
Oscar Schiappa-Pietra Cubas
Agradezco a la Embajada de Suiza, al Instituto de Estudios Social Cristianos y a
la Sociedad Peruana de Derecho Internacional por organizar este evento e invitarme como
expositor.
Es especialmente significativo que estemos ahora congregados bajo la
hospitalidad del Gobierno de Suiza, pues este país cumple un rol muy significativo
promoviendo el multilateralismo. Ginebra, es reconocida como la capital mundial del
multilateralismo, pues fue sede de la Sociedad de Naciones, y actualmente alberga a las
sedes de alrededor de cuarenta organismos internacionales, incluyendo la sede europea
de las Naciones Unidas, y de más de setecientas organizaciones no-gubernamentales.
El 8 de enero de 1918, precisamente cuando las tropas estadounidenses
empezaban a revertir la correlación bélica de la Primer Guerra Mundial, el presidente
Woodrow Wilson enunció sus propuestas para forjar un escenario internacional con
vocación de paz, los célebres 14 puntos. En estos se plantearon fórmulas para zanjar
diversas disputas territoriales y responder a las aspiraciones nacionales, en Europa; se
abogó por acabar con el secretismo en las negociaciones y los acuerdos diplomáticos; se
enunció la necesidad de promover el libre comercio, el desarme y la autodeterminación
de los pueblos; y, en el último punto, se propuso “[Que u]na asociación general de
naciones debe ser formada bajo acuerdos específicos con el propósito de otorgar garantías
mutuas de independencia política e integridad territorial, a estados grandes y pequeños
por igual”.
Con algo de ironía y escepticismo, pero sin contradecir el acierto de los 14 puntos
de Wilson, el Primer Ministro francés, George Clemenceau, señaló: “Dios nos dio los
Diez Mandamientos y los quebrantamos. Wilson nos da los Catorce Puntos. Veremos.
El revolucionario planteamiento contenido en el rubro final de los 14 puntos del
presidente Wilson encontró eco: hace un siglo y pocas semanas más, el 28 de junio de
1919, se suscribió el Tratado de Versalles, que formalmente puso fin a la terrible
devastación de la Primera Guerra Mundial, y que -a través de su parte primera, consagrada
al establecimiento de la Sociedad de Naciones- sentó los cimientos pioneros del orden
multilateral de gobernanza global que hemos heredado.
Esa guerra, y su transacción a través del Tratado de Versalles, transformaron
radicalmente el mapa geopolítico del mundo. La impronta de este acuerdo internacional,
particularmente en lo que respecta a su más importante hito -la creación de la Sociedad
Conferencia en el Conversatorio A Cien Años de la Creación de la Sociedad de Naciones. Retos y
Oportunidades del Multilateralismo. Evento organizado por la Sociedad Peruana de Derecho
Internacional (SPDI), la Embajada de Suiza en el Perú y el Instituto de Estudios Social Cristianos (IESC),
el lunes 02 de diciembre de 2019
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de Naciones- ha tenido enorme impacto durante el siglo XX, y sigue manteniéndolo hasta
la actualidad.
Pero, antes de continuar, cabe reflexionar sobre por qué es importante el tema que
nos convoca hoy. Lo es:
porque el reto de la sostenibilidad humana se nutre de las promesas de convivencia
pacífica, cooperación y solidaridad internacionales, democracia y derechos humanos,
que son los postulados fundamentales del multilateralismo;
porque los complejos problemas que afrontamos como especie humana y habitantes
del Hogar Común, que es nuestro planeta, requieren de respuestas desde la gobernanza
global que escapan a las competencias y capacidades de los estados aisladamente;
y, porque el multilateralismo es el más reciente pilar del sistema internacional que la
humanidad ha venido forjando a lo largo de los últimos cuatro siglos.
Como sabemos, se atribuye -algo imprecisamente- el origen del actual sistema de
organización jurídico-política internacional a los dos tratados de paz de Osnabrück y
Münster, firmados el 15 de mayo y 24 de octubre de 1648, es decir, a lo que comúnmente
se denomina la Paz de Westfalia. Las premisas fundamentales del marco conceptual y
ordenamiento político westfaliano son la preeminencia del Estado como actor
internacional, su atributo de soberanía estatal, y la territorialidad.
Si bien esa racionalidad westfaliana posibilitó eliminar la conflictividad bélica
generada por diferencias religiosas en el espacio europeo del siglo XVII, fue incapaz de
crear condiciones de paz generalmente sostenibles.
Ya a través de la Primera Guerra Mundial, la humanidad se vio confrontada con
su desbocada capacidad de destrucción, catalizada, aún de modo más brutal que antes,
por las innovaciones que la revolución industrial introdujo en la tecnología militar. En
esa malhadada confrontación, más de diez millones de vidas se perdieron, los daños
materiales fueron cuantiosísimos, y cuatro imperios se extinguieron.
La comunidad internacional de inicios del siglo XX cayó en cuenta sobre su propia
inhabilidad para contener las barbaries bélicas apelando exclusivamente a la voluntad
soberana de los estados. Así pareció reconocerlo el mismo Primer Ministro George
Clemenceau, cuando el 11 de noviembre de 1918, día de la firma del armisticio de la
Primera Guerra Mundial, sostuvo: “Hemos ganado la guerra, y no sin dolor; ahora habrá
que ganar la paz, y esto seguramente será más difícil”.
Los estados firmantes del Tratado de Versalles se comprometieron a forjar un
orden internacional que dejara atrás la confrontación como impulso fundamental en las
relaciones entre ellos, para dar paso a la cooperación y a la confianza mutua como nueva
gramática de las relaciones internacionales. Con la participación de los países europeos y
Estados Unidos, secundados por diecisiete de los veinte países latinoamericanos, se fundó
la Sociedad de Naciones.
La eficacia de este pionero emprendimiento multilateral requiere ser evaluada en
dos dimensiones temporales distintas. De un lado, en lo históricamente inmediato, la
Sociedad de Naciones fracasó en crear condiciones políticas para una paz sostenible, y en
otras áreas solo alcanzó limitadísima eficacia. El historiador Edward Hallett Carr,
sostiene que este pionero proyecto multilateral adoleció por abrigar un idealismo
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arraigado en el liberalismo decimonónico, y que es aquí -en sus principios fundacionales-
donde estuvo la causa de su ineficacia. Según el mismo Carr, el yerro no radicó en los
individuos; ni en el cambio en la postura de los Estados Unidos, cuyo Senado no aprobó
la membresía de su país en la Sociedad de Naciones, pese a que su fundación estuvo
inmensamente inspirada en la visión y el liderazgo del presidente Wilson.
La precaria paz internacional alcanzada a través del Tratado de Versalles y de la
Sociedad de Naciones colapsó prontamente, teniendo como gran catalizador al caos
económico internacional que signó la década de 1930. Este organismo fue incapaz de
contener las ambiciones de potencias revisionistas en Europa y Asia, o de amenguar el
espíritu de profunda humillación de Alemania.
En particular, las severísimas condiciones impuestas en el Tratado de Versalles a
Alemania, como perdedora de la Primera Guerra Mundial, sirvieron como combustible
para propagar el resentimiento dentro de su sociedad hacia el resto de la comunidad
internacional, propiciando el surgimiento del nazismo y de su protagonismo en el
desencadenamiento de la Segunda Guerra Mundial. Ya John Maynard Keynes, en su libro
de 1919, Las consecuencias económicas de la paz, había llamado la atención sobre lo
excesivamente gravosa de la obligación de reparaciones impuesta a Alemania por el
Tratado de Versalles, augurando que ello originaría una nueva crisis europea.
Pese a sus evidentes limitaciones como organismo encargado de preservar la paz
internacional, la Sociedad de Naciones alcanzó moderado éxito en lograr estabilizar la
situación de nuevos estados; en proteger a minorías; y en facilitar la transformación
formal de territorios colonizados en estados soberanos.
Pero, de otro lado, analizado el rol de la Sociedad de Naciones desde una
perspectiva de largo plazo, es menester reconocer que sembró las semillas de la cultura y
la práctica del multilateralismo, y que sirvió de inspirador referente para la formación de
las Naciones Unidas, al acabar la Segunda Guerra Mundial. Especialmente relevante es
la consagración de la paz como un objetivo global en el Tratado de Versalles y su
implementación a través de la Sociedad de Naciones, a través de la pionera noción de
seguridad colectiva. El artículo 11.1º del Tratado de Versalles estipuló: Se declara
expresamente que toda guerra o amenaza de guerra, afecte directamente o no a uno de los
miembros de la sociedad, interesa a la sociedad entera y que ésta debe adoptar las medidas
adecuadas para salvaguardar eficazmente la paz de las naciones. Y el artículo 10º
consagró el principio de soberanía de los estados: Los miembros de la sociedad se
comprometen a respetar y a mantener contra toda agresión exterior la integridad territorial
y la independencia política presente de todos los miembros de la sociedad.”
En torno a la Sociedad de Naciones se establecieron una gran cantidad de comités,
institutos y organizaciones a cargo de variados asuntos económicos, sociales,
humanitarios y culturales. Entidades como la Organización Internacional del Trabajo, la
Organización Mundial de la Salud, la UNESCO y el UNICEF, emergieron de la estructura
institucional forjada por la Sociedad de Naciones, y cumplen hasta nuestros días un rol
vital de cooperación internacional especializada. Mención especial merece la Corte
Internacional de Justicia, cuya antecesora también fue parte del sistema de la Liga de
Naciones.
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La Segunda Guerra Mundial ha sido la confrontación bélica más destructiva en la
historia de la humanidad: un estimado de 70 a 85 millones de personas, es decir alrededor
de 3% de la población mundial perdieron la vida, muchísimas de modos extremadamente
crueles; Europa y Japón quedaron materialmente devastadas. Sobre esas cenizas, se for
en 1945 las Naciones Unidas.
Los países vencedores de la Segunda Guerra Mundial prestaron especial atención
en evitar repetir el principal error del Tratado de Versalles. Estados Unidos, en particular,
estableció en 1948 un programa de asistencia masiva para la reconstrucción de Europa,
el Plan Marshall, destinando el 11% de sus fondos para financiar la rehabilitación de
Alemania Occidental.
En la Carta de las Naciones Unidas se reafirman los principios básicos de paz y
cooperación internacional a través de la coexistencia pacífica entre estados; se reconoce
la dignidad inherente a toda persona, condensada en el concepto de derechos humanos;
se reitera el principio de seguridad colectiva, mejorando los mecanismos para su
implementación y se establece, a través de su artículo 42º, la atribución de la
Organización para actuar militarmente contra estados que pongan en peligro la paz
mundial.
Las Naciones Unidas puede reivindicar el haber logrado la membrecía en su seno
de la totalidad de los estados soberanos; su rol promotor de los derechos humanos y de
los valores democráticos; su eficacia en guiar el proceso de descolonización a nivel
global; su soporte en la afirmación y desarrollo del derecho internacional; y su liderazgo
en la institucionalización de la cooperación internacional.
A la vez -hay que reconocerlo- la Carta de las Naciones Unidas consagra una
estructura de gobernanza global defectuosa, particularmente en lo concerniente a su
Consejo de Seguridad. A través de su artículo 27.3º, la Carta otorga a cinco naciones,
vencedoras en la Segunda Guerra Mundial, el privilegio de ejercer un derecho de veto,
que contradice el principio de igualdad soberana de los estados, consagrado en el art. 2.1º
de la misma Carta. Además de la disfuncionalidad históricamente aparejada por el
ejercicio de tal derecho de veto, este órgano ejecutivo fundamental carece de
sometimiento a elementales principios democráticos y expresa con gran crudeza el
dominio hegemónico de las grandes potencias.
Y es que las Naciones Unidas no puede sustraerse de las dinámicas políticas de su
tiempo. Su funcionamiento quedó reducido a la ineficacia en asuntos de seguridad
internacional que afectaban intereses estratégicos de los dos hegemones del orden bipolar,
como ha quedado sistemáticamente evidenciado en el desenvolvimiento del Consejo de
Seguridad de las Naciones Unidas.
No obstante ello, hoy, coexistimos en un mundo más gobernable del que existía
hace tres cuartos de siglo, teniendo la paz, la dignidad y bienestar personales, y el
progreso social, inmensas mayores oportunidades de realización. A través de los 17
Objetivos de Desarrollo Sostenibles, la comunidad internacional comparte ahora una
estrategia común para enfrentar algunos de los principales desafíos contemporáneos. Y,
como lo ha anotado John Ruggie, el orden multilateral liderado por las Naciones Unidas
ha posibilitado estabilizar las consecuencias generadas por la disolución de la bipolaridad.
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Pero hay que decirlo con claridad: es igualmente cierto que los problemas que hoy
afrontamos como humanidad vienen desbordando las capacidades de nuestros
gobernantes, de nuestros diplomáticos y políticos, y de los organismos internacionales,
para darles cara. Estamos dejando a las futuras generaciones un cúmulo de problemas sin
resolver y de riesgos que demandan urgente atención. De cara a estos inmensos desafíos,
necesitamos reflexionar sobre el nuevo perfil de multilateralismo que las realidades
contemporáneas y futuras demandan.
Hacia tal rumbo, resulta fundamental dejar anotadas las debilidades del actual
sistema multilateral. Una primera es el llamado déficit democrático. Cada vez más, las
decisiones fundamentales sobre temas que afectan el bienestar y comprometen el futuro
de cada uno de nosotros, los ciudadanos del mundo, vienen dejando de ser adoptadas en
la esfera interna de cada Estado, y se convierten en competencia de instancias
internacionales, públicas o privadas. Mientras todos elegimos mediante el voto a nuestras
autoridades políticas nacionales, e influimos por diversos medios en las decisiones que
ellas adoptan; nada parecido ocurre en la esfera internacional, donde muchísimas vitales
decisiones son acordadas con poca transparencia, alejadas de medios de participación y
de control ciudadanos, y sin que nuestras voces, intereses y puntos de vista sean tenidos
en cuenta. Las tendencias globalizadoras acentúan cada vez más este déficit democrático.
Las protestas sociales que en estos días asolan a muy diversos países en el mundo
expresan el descontento popular ante esta progresiva erosión de los atributos ciudadanos.
Y hay que tomar conciencia que poco podrá avanzarse en superar este déficit
democrático en la esfera multilateral si a la misma vez existe una notoria regresión en la
observancia de los estándares de derechos humanos y de democracia por parte de los
estados en el ámbito nacional. De un lado están los países sometidos a regímenes
autoritarios, que vienen cobrando mayor protagonismo en el concierto de las naciones;
pero, del otro, está la preocupante fatiga democrática y la pérdida de convicción en los
dirigentes políticos y ciudadanos de los propios países que históricamente eran la
vanguardia en la observancia y promoción de los valores de la libertad y la dignidad
humanas.
La segunda área de debilidad del sistema multilateral está referida a su carácter
descentralizado, y a la multiplicación y enorme diversificación que venimos
experimentando en el universo de los actores internacionales. Esto dificulta la forja de
consensos, y viene generando gran fragmentación en los mecanismos de gobernanza
global, dada la poca coordinación existente entre ellos, al par que se multiplican las
fuentes normativas, incluyendo la diversificación de las instancias judiciales
internacionales. Tal fragmentación dificulta la capacidad para generar respuestas eficaces
frente a desafíos que demandan soluciones holísticas y genuinamente globales.
La tercera área de debilidad la encontramos en la falta de consensos, que se
expresa también en la ausencia de expresiones institucionales, para regular aspectos
críticos de la convivencia y la sostenibilidad globales. Por ejemplo: el ciberespacio es hoy
una dimensión fundamental de nuestras vidas, de cómo nos relacionamos con los demás,
de cómo nos comunicamos e informamos, de cómo comerciamos. No obstante su
centralidad en el quehacer cotidiano de la humanidad, el ciberespacio carece de
mecanismos mínimamente eficaces para su gobernabilidad global. Esto viene generando
inmensas distorsiones y nuevos riesgos, a través de la concentración monopólica privada
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a escala global por parte de unos pocos conglomerados, o de la masiva erosión de la
privacidad, o del surgimiento de graves amenazas de ciberseguridad.
Peor aún, viene intensificándose el riesgo que el ciberespacio se convierta en un
nuevo escenario en la creciente confrontación entre China y los Estados Unidos,
generando así fragmentación en sus estructuras tecnológicas, haciéndolo vehículo de
mutuas agresiones, y despojándolo de su vocación de libertad que tanto viene
contribuyendo a ensanchar las fronteras de la creatividad humana. Thomas L. Friedman
acaba de referirse a esto: “Pero nadie parecía darse cuenta que casi exactamente 30 años
luego de la caída del Muro de Berlín, un nuevo muro -un Muro de Berlín digital- había
empezado a construirse entre China y los Estados Unidos”. (Friedman, 2019).
Esta misma debilidad se proyecta, asimismo, en otras muchas esferas, como las
de la gestión de la sostenibilidad medioambiental de nuestro Hogar Común; y de la lucha
contra la criminalidad trasnacional, la corrupción y el lavado de dinero. En todos esos
casos, las respuestas institucionales para su gobernanza multilateral son precarias e
insuficientes.
De otro lado, como ya ha quedado señalado, el desenvolvimiento del
multilateralismo está determinado por la realidad política global. Ahora estamos
atravesando un proceso de profundos cambios, cuya evolución hacia el mediano plazo
resulta incierta. Casi toda la segunda mitad del siglo XX estuvo signada por la
competencia bipolar, que dio luego paso a una temporalmente efímera unipolaridad, y
que en estos días va transformándose hacia la multipolaridad. La consiguiente
competencia por hegemonía entre tres grandes potencias -Estados Unidos, China y en
menor medida Rusia- torna muy complejo el escenario dentro del cual el multilateralismo
tiene que redefinirse.
Todas estas reflexiones tienen un significado especial en estos días, cuando los
ciudadanos en muy diversos países toman las calles para protestar. Es demasiado
temprano para formular diagnósticos exhaustivos sobre sus motivaciones, pero en un
nivel epidérmico es evidente que lo que esos hombres y mujeres de muy diversas latitudes
están expresando son sus insatisfacciones con el desenvolvimiento de la democracia,
tanto en sus dimensiones nacionales como multilaterales; de la globalización y de la
gobernanza global. Ese descontento ciudadano no constituye novedad: este último fin de
semana se han cumplido veinte años de las protestas contra la globalización que tuvieron
lugar en Seattle, con ocasión de la Reunión Ministerial de la Organización Mundial del
Comercio. Es pertinente recordarlo porque el funcionamiento de la OMC grafica
nítidamente las virtudes pero también los defectos del multilateralismo, que es catalista
de la globalización.
La OMC ha asumido, sin mayor control democrático y sin contar con el consenso
de todos sus estados miembros, funciones regulatorias en una gran diversidad de áreas
que en puridad no son de comercio internacional, y se ha tornado en promotora de la
denominada hiperglobalización, erosionando a través de ese proceso la gobernanza
democrática en las naciones, y los márgenes de autonomía de los gobiernos para
promover sus propias políticas públicas. De los 242 casos resueltos por las instancias de
solución de controversias de la OMC hasta hoy, solamente en 22 de ellos las políticas
nacionales lograron prevalecer, no obstante que en muchas ocasiones los asuntos
controvertidos no estaban en puridad referidos a cuestiones de comercio internacional. Y
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dentro de pocos días, el sistema de solución de controversias de la OMC queda
paralizado debido al bloqueo estadounidense a la nominación de nuevos integrantes para
su Panel de Apelaciones.
Pero, las deficiencias del multilateralismo y del orden global en general no son
meramente institucionales, sino que hunden sus raíces muy profundamente en nuestros
marcos conceptuales. Las nociones de soberanía exclusiva y excluyente de los estados, la
territorialidad, y diversas construcciones teóricas que reivindican la competencia de las
superpotencias para afirmar su hegemonía, representan conceptualizaciones ineficaces y
hasta contraproducentes para enfrentar los retos contemporáneos de la gobernanza global.
A esas obsoletas categorías debemos contraponerles las emergentes nociones del derecho
constitucional global, del derecho administrativo global; y el reconocimiento de la
existencia de bienes y males públicos globales, cuya atención demanda la acción colectiva
mundial.
Y es, al calor de estas emergentes categorías conceptuales, que tenemos que
reformar el multilateralismo que legaremos a las nuevas generaciones. Este debe
someterse a normas y mecanismos de control democrático, y debe brindar amplia cabida
la participación ciudadana dentro de sus procesos de toma de decisión.
Tenemos una deuda histórica y ética con nuestro Hogar Común y con las futuras
generaciones, de crear a través de un multilateralismo renovado condiciones de
gobernanza global que respondan eficazmente a los retos actuales y futuros de la
humanidad; que promuevan la convivencia solidaria y pacífica; que garanticen la
sostenibilidad planetaria; que forjen una cultura de ciudadanía global; y que distribuyan
equitativamente los frutos del bienestar que colectivamente vamos creando.
En suma, tenemos ante nosotros el desafiante reto de forjar un multilateralismo
cuyo centro gravitacional sea la persona humana, y no la competencia hegemónica entre
superpotencias ni el desbocado ejercicio de la soberanía estatal. Ese nuevo
multilateralismo ineludiblemente tendrá que tener, para reclamarse legítimo y ser
sostenible, un perfil democrático, participativo y transparente.
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