Pero hay que decirlo con claridad: es igualmente cierto que los problemas que hoy
afrontamos como humanidad vienen desbordando las capacidades de nuestros
gobernantes, de nuestros diplomáticos y políticos, y de los organismos internacionales,
para darles cara. Estamos dejando a las futuras generaciones un cúmulo de problemas sin
resolver y de riesgos que demandan urgente atención. De cara a estos inmensos desafíos,
necesitamos reflexionar sobre el nuevo perfil de multilateralismo que las realidades
contemporáneas y futuras demandan.
Hacia tal rumbo, resulta fundamental dejar anotadas las debilidades del actual
sistema multilateral. Una primera es el llamado déficit democrático. Cada vez más, las
decisiones fundamentales sobre temas que afectan el bienestar y comprometen el futuro
de cada uno de nosotros, los ciudadanos del mundo, vienen dejando de ser adoptadas en
la esfera interna de cada Estado, y se convierten en competencia de instancias
internacionales, públicas o privadas. Mientras todos elegimos mediante el voto a nuestras
autoridades políticas nacionales, e influimos por diversos medios en las decisiones que
ellas adoptan; nada parecido ocurre en la esfera internacional, donde muchísimas vitales
decisiones son acordadas con poca transparencia, alejadas de medios de participación y
de control ciudadanos, y sin que nuestras voces, intereses y puntos de vista sean tenidos
en cuenta. Las tendencias globalizadoras acentúan cada vez más este déficit democrático.
Las protestas sociales que en estos días asolan a muy diversos países en el mundo
expresan el descontento popular ante esta progresiva erosión de los atributos ciudadanos.
Y hay que tomar conciencia que poco podrá avanzarse en superar este déficit
democrático en la esfera multilateral si a la misma vez existe una notoria regresión en la
observancia de los estándares de derechos humanos y de democracia por parte de los
estados en el ámbito nacional. De un lado están los países sometidos a regímenes
autoritarios, que vienen cobrando mayor protagonismo en el concierto de las naciones;
pero, del otro, está la preocupante fatiga democrática y la pérdida de convicción en los
dirigentes políticos y ciudadanos de los propios países que históricamente eran la
vanguardia en la observancia y promoción de los valores de la libertad y la dignidad
humanas.
La segunda área de debilidad del sistema multilateral está referida a su carácter
descentralizado, y a la multiplicación y enorme diversificación que venimos
experimentando en el universo de los actores internacionales. Esto dificulta la forja de
consensos, y viene generando gran fragmentación en los mecanismos de gobernanza
global, dada la poca coordinación existente entre ellos, al par que se multiplican las
fuentes normativas, incluyendo la diversificación de las instancias judiciales
internacionales. Tal fragmentación dificulta la capacidad para generar respuestas eficaces
frente a desafíos que demandan soluciones holísticas y genuinamente globales.
La tercera área de debilidad la encontramos en la falta de consensos, que se
expresa también en la ausencia de expresiones institucionales, para regular aspectos
críticos de la convivencia y la sostenibilidad globales. Por ejemplo: el ciberespacio es hoy
una dimensión fundamental de nuestras vidas, de cómo nos relacionamos con los demás,
de cómo nos comunicamos e informamos, de cómo comerciamos. No obstante su
centralidad en el quehacer cotidiano de la humanidad, el ciberespacio carece de
mecanismos mínimamente eficaces para su gobernabilidad global. Esto viene generando
inmensas distorsiones y nuevos riesgos, a través de la concentración monopólica privada