REVISTA PERUANA DE DERECHO INTERNACIONAL

ISSN: 0035-0370 / ISSN-e: 2663-0222

Tomo LXXV, enero-abril, 2025 N° 179, pp. 237-255.

DOI: https://doi.org/10.38180/rpdi.v75i179.854

 

VI Curso de Derecho Internacional Contemporáneo

 

Visión histórica de la diplomacia peruana contemporánea

A Historical View of Contemporary Peruvian Diplomacy

Ronald Bruce St John(*)

Licenciado en Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales por Knox College. Master y Doctor en Relaciones Internacionales por la Escuela de Estudios Internacionales (Universidad de Denver). Miembro Correspondiente de la Sociedad Peruana de Derecho Internacional.

La presente exposición fue realizada el 28 de septiembre de 2024 en el marco del VI Curso de Derecho Internacional Contemporáneo organizado por la Sociedad Peruana de Derecho Internacional.

El texto ha sido editado y traducido del inglés al español por Luciana Cumpa García Naranjo.

 

Me llamo Ronald Bruce St John y es un honor compartir con ustedes hoy las reflexiones acumuladas durante más de cinco décadas dedicadas al estudio de la política exterior peruana. Esta prolongada inmersión en los asuntos diplomáticos del Perú me ha permitido desarrollar perspectivas que, con su permiso, me gustaría exponer comenzando por los cimientos que moldearon mi aproximación académica.

Mi formación intelectual se gestó primero en las aulas de Knox College, esa pequeña pero prestigiosa institución liberal arts de Illinois, para luego consolidarse en la Escuela de Estudios Internacionales de la Universidad de Denver, donde inicié mis estudios de posgrado en el otoño boreal de 1965. El programa, notable por su enfoque multidisciplinario, me permitió especializarme simultáneamente en cuatro áreas fundamentales: asuntos latinoamericanos, derecho y organización internacional, política internacional comparada y sistemas de gobierno.

La figura rectora de aquella institución era el Dr. Josef Korbel, un diplomático checoslovaco de excepcional trayectoria cuyo exilio forzado tras el ascenso del régimen comunista le había conferido una perspectiva única sobre el equilibrio entre principios y pragmatismo en las relaciones internacionales. Bajo su dirección, la escuela había desarrollado un programa académico singular que congregaba a destacados teóricos y a practicantes de la diplomacia y líderes empresariales con experiencia global.

El legado de Korbel resulta particularmente evidente al considerar que dos de sus alumnos -su propia hija Madeleine Albright y posteriormente Condoleezza Rice- alcanzarían la Secretaría de Estado de los Estados Unidos, ocupando respectivamente los cargos 64° y 66° en esa prestigiosa línea sucesoria.

Tras dos años de intensa formación teórica en Denver, fui beneficiario de una beca de investigación que marcó un punto de inflexión en mi trayectoria: la oportunidad de estudiar in situ la política exterior peruana. Así fue como el 10 de enero de 1968, un joven estudiante cargado de libros y expectativas aterrizó en Lima, instalándose inicialmente en el emblemático Gran Hotel Bolívar, ese testigo mudo de tantos capítulos de la historia peruana.

La realidad económica de un becario pronto me llevó a trasladarme a una modesta pensión en Miraflores, cambio que resultaría providencial al permitirme una inmersión más auténtica en la vida limeña. Este traslado, aparentemente trivial, simbolizaba ya el comienzo de mi aprendizaje sobre las múltiples capas que componen la realidad peruana, desde sus instituciones formales hasta los entresijos cotidianos donde también se forja la identidad nacional.

Permítanme transportarlos a cómo era el trabajo de campo académico en el Perú de 1968, una época en que la investigación dependía del contacto físico con los documentos y de relaciones humanas que hoy parecen de otra era. Mi rutina transcurría entre las grandes bibliotecas limeñas -la Nacional con sus manuscritos coloniales, la del Congreso con sus debates parlamentarios encuadernados, y la especializada de Torre Tagle- pero también en centros menos conocidos, aunque igualmente valiosos como la Biblioteca Riva-Agüero, con su colección de tratados del siglo XIX, o la histórica biblioteca de San Marcos, donde aún resonaban los ecos de la Reforma Universitaria.

El Instituto de Estudios Peruanos se convirtió en otro polo fundamental, por su incipiente labor editorial y por funcionar como punto de encuentro informal donde investigadores compartíamos hallazgos entre tazas de café. Allí descubrí algo que sorprenderá a los investigadores digitales de hoy: las librerías de viejo del centro limeño eran auténticos gabinetes de curiosidades donde, por unos pocos soles, podía adquirirse desde primeras ediciones de tratados diplomáticos hasta memorias políticas con anotaciones marginales de sus autores. Así reuní joyas bibliográficas como la edición original de “La Posición Internacional del Perú” de Alberto Ulloa (que aún conservo con sus páginas amarillentas), el “Resumen de Historia Diplomática del Perú” de García Salazar, y los reveladores volúmenes de Pedro Ugarteche titulados “Sánchez Cerro, papeles y recuerdos de un Presidente”, junto a otros doscientos que logré enviar metódicamente a Estados Unidos, se convertirían en el corpus documental que alimentaría mis investigaciones durante cinco décadas.

Pero más valioso aún fue el diario de campo que inicié entonces y mantengo hasta hoy, donde registro datos e impresiones, contextos y esos matices que los documentos oficiales omiten. El 1° de marzo de 1968, por ejemplo, anoté mi encuentro con Pedro Ugarteche en la Academia Diplomática. El director, entonces en la cúspide de su carrera (1965-1969), era la encarnación del diplomático erudito -cortés pero incisivo-. En un momento revelador, tras preguntarle sobre Haya de la Torre, espetó: 'Un hombre que sólo lee y escribe, pero nunca ha trabajado, ¿cómo pretenderá gobernar?' Juicio lapidario que, más allá de su sesgo, ilustraba las tensiones ideológicas de la época.

Esa misma semana, en la Embajada estadounidense, el entonces director político Frank V. Ortiz -uno de los mejores diplomáticos de su generación- me permitió observar cómo se construía la percepción norteamericana del Perú. En conversación con sus subalternos, descubrí que su preparación oscilaba entre lo riguroso (como el funcionario que había estudiado la “Historia Moderna del Perú” de Pike) y lo superficial (quien sólo leyó el superficial “Inside Latin America” de Gunther). Este contraste me enseñó tempranamente cómo se forman -y deforman- las imágenes bilaterales entre países.

El contraste en la preparación de los funcionarios estadounidenses resultaba particularmente revelador. Mientras un oficial había realizado un esfuerzo legítimo por comprender el Perú a través de la obra de Pike, su colega confesó haber basado su conocimiento únicamente en “Inside Latin America” de John Gunther. Este periodista, aunque célebre por su “Inside Europe” -un retrato vívido pero superficial de los entresijos políticos europeos-, había replicado el mismo formato simplista para analizar realidades latinoamericanas que apenas conocía. Resultaba preocupante que un diplomático en formación considerase suficiente este acercamiento anecdótico para comprender la complejidad peruana, revelando así las limitaciones en la formación del servicio exterior norteamericano de la época.

Una conversación aún más reveladora ocurrió con el asistente del agregado comercial, encargado curioso de nutrir la biblioteca del Departamento de Estado con material sobre el Perú. Al indagar sobre sus criterios de selección, su respuesta -'las librerías me avisan cuando tienen algo interesante'- evidenciaba una ausencia total de metodología. Pero fue su franca confesión -'nos interesan principalmente los libros marcados como comunistas'- lo que me impactó profundamente. Esta focalización en material ideológicamente etiquetado como 'rojo' distorsionaba inevitablemente la comprensión estadounidense de la realidad peruana, reduciendo su rica diversidad política a una simple dicotomía de Guerra Fría.

Estas experiencias terminaron por definir el enfoque de mi investigación doctoral: analizar críticamente la relación bilateral entre Estados Unidos y Perú, con el objetivo de trascender esos estereotipos y ofrecer una visión más matizada a los círculos académicos y políticos norteamericanos. Regresé a Denver a finales de 1968 con esta misión clara.

Un año después, en el verano de 1969, el destino me brindó un encuentro excepcional con el expresidente Fernando Belaúnde Terry, entonces en el exilio tras el golpe de Velasco Alvarado. La reunión ocurrió durante una conferencia sobre América Latina en Denver, ciudad cercana donde su hijo estudiaba en la prestigiosa Escuela de Minas de Colorado en Golden. Durante todo un día de intensas conversaciones, pude apreciar las cualidades que lo habían convertido en una figura tan carismática: su porte aristocrático se combinaba con una calidez genuina y una elocuencia pedagógica al hablar del desarrollo nacional.

En mis notas de campo describí cómo articulaba su visión de un Perú integrado a través de obras de infraestructura, y su análisis sobre las causas de su derrocamiento: por un lado, la oposición de los sectores conservadores a sus reformas fiscales; por otro, el temor militar a un eventual triunfo aprista en elecciones libres. Esta conversación, más allá de su valor histórico, me ayudó a comprender cómo los factores domésticos condicionaban inevitablemente la política exterior peruana, una lección que guiaría mis investigaciones posteriores.

Al graduarme de Knox College en 1965, recibí mi nombramiento como oficial del Ejército de los EE. UU., aunque con una postergación de cuatro años para completar mi doctorado. Es así que, la defensa de mi tesis en el otoño de 1969 no solo marcó el fin de una etapa académica, sino también el preludio de un giro inminente: seis meses después, con el uniforme puesto y el entrenamiento recién concluido, me incorporé al servicio activo. Era un destino previsible para cualquier graduado de entonces, pero eso no lo hacía menos trascendental. Para junio de 1970, ya estaba en Vietnam, donde la guerra —ajena hasta entonces a mis preocupaciones— se convertiría en una experiencia que redefiniría por completo mi vida, tanto en lo profesional como en lo humano.

Como capitán de inteligencia militar, tuve el privilegio de dirigir un equipo excepcional de analistas civiles. Estos jóvenes profesionales, aunque no eran oficiales comisionados, poseían una formación académica impresionante en estudios del Sudeste Asiático, destacando entre ellos un brillante egresado de la Universidad de Oxford. Nuestra misión consistía en preparar diariamente un informe detallado para el general Creighton Abrams, entonces comandante en jefe de las fuerzas estadounidenses en Vietnam, en el que analizábamos minuciosamente cómo los desarrollos políticos influían en las operaciones militares.

Este acceso privilegiado a información sensible me permitió llegar a una conclusión incómoda en cuestión de semanas: la intervención estadounidense en Vietnam no solo era insostenible, sino conceptualmente errónea. La ironía amarga residía en que tales evaluaciones, por más fundamentadas que estuvieran, rara vez trascendían los filtros burocráticos para llegar a los niveles decisorios. Esta disonancia entre el conocimiento experto y la toma de decisiones políticas dejaría una huella permanente en mi enfoque académico posterior.

Mi experiencia en Vietnam despertó un interés intelectual duradero por la compleja dinámica política del Sudeste Asiático, que se materializó inicialmente en mi artículo "Teoría y organización marxista-leninista en Vietnam del Sur", publicado en Asian Survey en agosto de 1980. Este trabajo representaba una síntesis de las observaciones recogidas durante mi servicio. Años más tarde, en 1989, tuve la oportunidad singular de ser uno de los primeros académicos estadounidenses en regresar a Vietnam en la posguerra, además de visitar Camboya y Laos.

Recuerdo vívidamente mi primera recepción oficial en Hanói, donde fui invitado -aparentemente por circunstancias fortuitas- a una ceremonia de firma de acuerdos de cooperación japoneses. Al percatarme de ser el único occidental presente, comprendí el significado simbólico de mi presencia: representaba un mensaje discreto de apertura hacia los Estados Unidos. Esta experiencia marcó el inicio de una relación profesional con la región que se extendería por casi una década, permitiéndome observar de primera mano las complejas transformaciones políticas y sociales de la posguerra.

Estas prolongadas estancias de investigación cristalizaron en mi obra Revolución, Reforma y Regionalismo en el Sudeste Asiático (2006), un estudio comparativo que analiza las trayectorias divergentes de Camboya, Laos y Vietnam durante las tres décadas posteriores al fin de la guerra en 1975. El trabajo explora cómo cada nación negoció su transición del conflicto armado a la estabilidad política, ofreciendo un análisis matizado de sus distintos modelos de desarrollo posbélico.

Paralelamente, mantuve un firme compromiso con los estudios peruanos que se materializó en dos publicaciones clave: primero, un examen de las relaciones Perú-Estados Unidos durante el período de entreguerras (Revista de Estudios Latinoamericanos, 1976), seguido por un análisis técnico del diferendo limítrofe con Ecuador (American Journal of International Law, 1977). Esta última revista, órgano oficial de la prestigiosa Asociación Americana de Derecho Internacional -institución hermana de la Sociedad Peruana de Derecho Internacional-, representaba un puente académico entre ambas tradiciones jurídicas, permitiendo circular conocimientos especializados entre comunidades epistémicas distintas pero complementarias.

A finales de los setenta, mi horizonte geográfico se expandió hacia el Medio Oriente y Norte de África. Desde mi base residencial en Roma -donde establecí a mi familia-, emprendí numerosas misiones de investigación que abarcaron siete países de la región. Fue en este contexto que Libia emergió como foco particular de mi atención académica, tanto por su creciente importancia geopolítica como por el notable vacío en la literatura especializada: en 1977, cuando realicé mi primera visita, solo existían cinco obras sustantivas en inglés sobre el país, todas limitadas a aspectos técnicos de la industria petrolera.

Las condiciones políticas del régimen de Gaddafi me obligaron a adoptar inicialmente el seudónimo "Nathan Alexander" (combinación de los nombres de mis hijos) para publicar análisis críticos. Este recurso, aunque inusual en la academia, permitió la aparición de mi primer libro sobre política exterior libia en 1987, al que seguirían cuatro obras más sobre el tema. Actualmente, me encuentro completando lo que será mi sexta contribución a los estudios libios: una biografía política del controvertido líder.

Esta diversificación geográfica e intelectual -que algunos podrían considerar dispersión- ha sido en realidad una estrategia consciente de enriquecimiento metodológico. El estudio comparado de realidades aparentemente dispares (los Andes, el Mekong y el Mediterráneo) ha agudizado mi capacidad para identificar tanto patrones universales como singularidades históricas, evitando así el estancamiento teórico que suele acompañar a la hiperespecialización. Lejos de diluir mi experticia, este enfoque multirregional ha profundizado mi comprensión de cada caso particular, demostrando que el verdadero conocimiento especializado se fortalece, paradójicamente, al mantener una perspectiva amplia y diversificada.

La investigación comparada en diversas regiones ofrece un invaluable beneficio metodológico: permite identificar enfoques teóricos y herramientas analíticas que, tras ser adaptados, pueden aplicarse fructíferamente a contextos aparentemente dispares. Este ejercicio intelectual trasciende lo meramente académico, transformando sustancialmente tanto la percepción del investigador como su capacidad para interpretar realidades sociales complejas.

En 1983, durante mi retorno al Perú, tuve el privilegio de entrevistar al presidente Fernando Belaúnde Terry en su segundo mandato. Esta visita de investigación me permitió conformar una muestra representativa de la intelectualidad peruana de la época, incluyendo figuras de la talla de José Matos Mar, Víctor Villanueva, Julio Cotler y Helen Zaworski. Como era mi práctica habitual, documenté meticulosamente estos encuentros en mis diarios de campo, buscando captar no solo los contenidos sino los matices contextuales de cada conversación. Esta metodología de trabajo, que privilegiaba la diversidad de voces y perspectivas, me permitió construir una comprensión más holística de la compleja realidad política peruana y sus implicaciones para la política exterior.

Fue durante esta estadía que conocí a Óscar Maúrtua de Romaña, entonces secretario personal del presidente Belaúnde, quien se convertiría en un colega invaluable y amigo duradero. Particularmente memorable resultó mi entrevista con Víctor Villanueva, ese erudito singular cuya obra “Militarismo en el Perú” (1962) sigue siendo referencia obligada. Villanueva encarnaba esa rara combinación de soldado práctico y académico riguroso, una dualidad que le permitía analizar las Fuerzas Armadas con una profundidad inusual. Su observación sobre cómo Belaúnde se encontraba "entre la espada y la pared" -expresión que en inglés equivaldría a between a rock and a hard place- capturaba con precisión las tensiones del momento político.

Los análisis complementarios de Matos Mar y Cotler enriquecieron esta perspectiva. Mientras el primero señalaba el progresivo aislamiento de Belaúnde respecto al aparato estatal, el segundo criticaba lo que percibía como soberbia presidencial. Discrepo respetuosamente con esta última caracterización: en mis múltiples interacciones con Belaúnde, siempre encontré a un estadista de modales patricios pero genuinamente comprometido con el desarrollo nacional, cuya calidez humana contradecía cualquier acusación de arrogancia.

El reencuentro con el embajador Frank V. Ortiz, a quien conocí en 1968, confirmó mi impresión inicial: se trataba del diplomático por excelencia, cuya combinación de erudición, elegancia y entusiasmo representaba lo mejor de la tradición del servicio exterior norteamericano. Estas interacciones múltiples -con académicos, políticos y diplomáticos- ilustran el valor de un enfoque investigativo que trasciende los círculos elitistas para captar la polifonía de voces que conforman el debate político nacional.

Aquellos que tuvieron la oportunidad de conocer al embajador Frank V. Ortiz seguramente recordarán, como yo, a un representante estadounidense excepcional. Sin embargo, durante nuestras conversaciones en 1983, una metáfora particular suya capturó mi atención: al referirse a la administración de Belaúnde Terry, Ortiz comentó que "la flor había salido de la rosa". Esta expresión poética encapsulaba una paradoja histórica: en un momento cuando las relaciones Perú-Estados Unidos deberían haber florecido -dada la formación norteamericana y el talante prooccidental de Belaúnde-, en realidad mostraban signos preocupantes de deterioro.

El embajador identificó dos factores clave en esta tensión bilateral: primero, las crecientes restricciones comerciales impuestas por el Congreso estadounidense a los textiles peruanos; segundo, y más significativo, la divergencia en el conflicto de las Malvinas, donde Perú apoyó firmemente a Argentina mientras Estados Unidos se alineaba con el Reino Unido. Al reflexionar sobre estos eventos, debo señalar que la posición peruana demostró mayor perspicacia geopolítica que la de Washington, anticipando correctamente los cambios en el equilibrio regional.

La contradicción entre las percepciones diplomáticas y la realidad política se hizo evidente cuando, tras afirmar inicialmente que las relaciones eran "extraordinariamente buenas", el propio Ortiz admitió tensiones subyacentes. Esta discrepancia se amplificó durante mi posterior entrevista con el presidente Belaúnde, quien expresó abierta frustración hacia los analistas políticos de la embajada estadounidense. En sus palabras: "[Los funcionarios] sólo consultan a comunistas y opositores, distorsionando así nuestra realidad". Esta crítica resonaba preocupantemente con observaciones que yo mismo había registrado en 1968, sugiriendo una persistente incomprensión de la complejidad política peruana por parte de observadores extranjeros.

El encuentro con Belaúnde alcanzó su momento más revelador cuando me condujo a una sala adjunta donde había instalado un impresionante tablero de proyectos -de aproximadamente 2.5 por 3 metros- que detallaba iniciativas de desarrollo en todo el territorio nacional. Este mural estratégico, que combinaba mapas, diagramas y maquetas en miniatura, no sólo evidenciaba su visión integral del progreso nacional, sino que simbolizaba el contraste entre la profundidad del pensamiento peruano y las lecturas superficiales que a menudo predominaban en los análisis extranjeros.

El tablero estratégico del presidente Belaúnde constituía un verdadero atlas del desarrollo nacional, donde convergían proyectos en ejecución, iniciativas planificadas y ambiciosas propuestas futuras. Entre las maquetas que ilustraban estos proyectos, destacaba particularmente la de la Carretera Marginal de la Selva, símbolo de su visión integradora para el país. Sin embargo, lo más revelador fue presenciar cómo Belaúnde, con notable elocuencia, articulaba su filosofía de desarrollo -no como un mero catálogo de obras, sino como un proyecto integral para transformar las condiciones de vida de los peruanos.

Durante esta exposición, que combinaba precisión técnica con pasión política, ocurrió un episodio significativo: la interrupción discreta de un asistente (posiblemente Óscar Maúrtua) que susurró un mensaje al oído presidencial. La profesionalidad de Belaúnde le permitió continuar su exposición sin alteraciones visibles, aunque concluyó la reunión con inusual premura. Sólo al regresar a mi hotel en Miraflores aquella noche comprendí la gravedad del momento: el ataque de Sendero Luminoso a la sede de Acción Popular en Lima, con un saldo trágico de dos muertos y treinta heridos, había interrumpido nuestro diálogo sobre desarrollo nacional con la cruda realidad de la violencia política.

Esta experiencia directa con la compleja realidad peruana motivó mi artículo "Perú: Strange Shining Path" en The Washington Post, donde intenté explicar al público norteamericano la naturaleza y amenaza de este movimiento insurgente. El texto representaba un esfuerzo por cerrar la brecha de comprensión que yo mismo había observado en los análisis estadounidenses sobre el Perú.

Mi compromiso con el estudio sistemático de la política exterior peruana alcanzó un hito en 1992 con la publicación de "Política Exterior del Perú", obra que posteriormente sería traducida al español gracias al decisivo apoyo del embajador Francisco Tudela. Durante el periodo entre la edición original y su versión española (1992-1999), Tudela -cuya distinguida carrera incluyó representaciones ante la Unión Europea y Estados Unidos- reconoció el valor de esta investigación y facilitó su difusión en el ámbito académico y diplomático peruano. Su respaldo fue particularmente significativo por provenir de un profesional que combinaba, como pocos, el rigor intelectual con la experiencia práctica en relaciones internacionales.

Un reconocimiento especial merecen los siete destacados estudiantes de la Academia Diplomática del Perú quienes, simultáneamente a sus exigentes estudios, emprendieron la minuciosa tarea de traducir mi obra al español. A lo largo de los años, los he recordado afectuosamente como "Los Siete Magníficos", no solo por la excelencia de su trabajo lingüístico -que respetó escrupulosamente el rigor académico del texto original-, sino porque seis de ellos desarrollaron posteriormente brillantes carreras en el servicio exterior peruano, demostrando así el extraordinario nivel de formación de la institución.

Durante esta misma década de 1990, centré mis investigaciones en el prolongado conflicto limítrofe entre Perú y Ecuador, culminando con la publicación de mi monografía “The Peru-Ecuador Boundary Dispute: The Road to Settlement” (1999). Este trabajo buscaba ofrecer un análisis integral del diferendo, desde sus orígenes históricos hasta la resolución definitiva alcanzada en 1998. En este empeño, conté con la invaluable colaboración del embajador José Eduardo Ponce Vivanco, entonces representante peruano ante la Corte de St. James en Londres. Durante mi residencia en Europa, el embajador Ponce Vivanco me facilitó acceso a documentación clave, contactos especializados y perspectivas institucionales que enriquecieron sustancialmente mi análisis. Su apoyo ejemplificó esa generosidad intelectual tan característica de la diplomacia peruana de mayor altura.

Los años 1999-2001 me encontraron participando en el innovador “Proyecto Trinacional”, iniciativa ciudadana que reunió a destacados académicos y diplomáticos retirados de Bolivia, Chile y Perú, incluyendo por la parte peruana a figuras de la talla de Allan Wagner y Alejandro Deustua, cuyas contribuciones al pensamiento estratégico peruano son ampliamente reconocidas. Nuestro objetivo era explorar fórmulas creativas para abordar la compleja cuestión de la mediterraneidad boliviana, específicamente en la zona del punto trifinio donde convergen las tres fronteras. Durante dos años de trabajo intermitente, con reuniones en Lima y La Paz, desarrollamos propuestas para una solución pacífica que contemplara algún mecanismo de acceso soberano boliviano al Pacífico.

Si bien estas deliberaciones fructificaron en la publicación del volumen “Hacia un Enfoque Trinacional de las relaciones entre Bolivia, Chile y Perú”, el impacto concreto de nuestras propuestas fue limitado. No obstante, la experiencia demostró el valor del diálogo académico no oficial para explorar soluciones a problemas históricos complejos, manteniendo siempre como norte el fortalecimiento de la integración y la cooperación regional.

Aunque las propuestas contenidas en nuestro libro mostraban un considerable valor teórico y creatividad en su enfoque, lo cierto es que no lograron trascender el ámbito académico para influir en las políticas gubernamentales. Sin embargo, esta experiencia sentó las bases para mi participación al año siguiente en el “Proyecto Corredor Terrestre”, una iniciativa patrocinada por el Instituto Adam Smith que buscaba diseñar mecanismos de conexión entre Gaza y Cisjordania como parte de una eventual solución binacional. Lamentablemente, como ocurre con frecuencia en estos complejos conflictos geopolíticos, el rigor analítico de nuestro estudio chocó con una realidad política inflexible, anticipando el trágico estancamiento que hoy presenciamos en la región.

Entre 2003 y 2008, mis investigaciones me llevaron nuevamente al Perú para trabajar en un estudio exhaustivo sobre la administración de Alejandro Toledo. Este proyecto me permitió sostener nueve entrevistas con el expresidente, además de conversaciones sustantivas con personalidades como el canciller Allan Wagner y la congresista Lourdes Flores Nano. Particularmente reveladora resultó mi reunión con Wagner en abril de 2003, en pleno desarrollo de la guerra de Irak. El canciller, con notable perspicacia, expresó su profunda preocupación por la incapacidad del sistema de Naciones Unidas -y particularmente del Consejo de Seguridad- para prevenir o detener el conflicto. Su diagnóstico fue tan preciso como desolador: "El sistema internacional está fracturado".

Veinte años después, la vigencia de esta afirmación resulta dolorosamente evidente. Los horrores de Gaza, la invasión rusa a Ucrania y la parálisis de la comunidad internacional ante estas crisis confirman la persistencia de estas grietas estructurales. La reciente propuesta estadounidense para ampliar el Consejo de Seguridad -que privilegia a representantes africanos y del Pacífico, excluyendo a América Latina y Asia- parece ignorar el verdadero núcleo del problema: el anacrónico poder de veto que mantienen las cinco potencias originales. Mientras este mecanismo de bloqueo unilateral persista, cualquier reforma cosmética resultará insuficiente para abordar los grandes desafíos globales.

En este contexto, cobra mayor relevancia el temprano diagnóstico del canciller Wagner, cuya agudeza analítica permitió anticipar las limitaciones organizacionales de nuestro orden internacional. Su observación no solo reflejaba una comprensión profunda del sistema multilateral, sino también una visión premonitoria de los desafíos que hoy enfrentamos con mayor crudeza que nunca.

En mi primer encuentro con el presidente Alejandro Toledo, quedé inmediatamente impresionado por su capacidad intelectual y su carisma natural. Era un interlocutor excepcionalmente articulado y accesible, cualidades que le servían particularmente bien en el ámbito de las relaciones internacionales. Mostraba un interés especial en la relación bilateral con Estados Unidos, que bajo su administración experimentó un notable acercamiento, simbolizado por la cálida relación personal que desarrolló con el presidente George W. Bush. Toledo describió esta conexión con una metáfora particularmente evocadora: "Nuestra relación es como la piel misma", sugiriendo una cercanía orgánica y esencial.

Sin embargo, durante una recepción posterior, el ex canciller José de la Puente Radbill ofreció una perspectiva más matizada al respecto. Al mencionarle la metáfora de Toledo, respondió con una observación lúcida: "Algunos insisten en presentar al Perú como aliado incondicional de Estados Unidos, pero mejor sería ser aliados con condiciones". Este comentario reflejaba una comprensión más sofisticada de la diplomacia peruana, que ha sabido navegar hábilmente entre la cooperación y la autonomía estratégica.

Posteriormente, en una entrevista con el canciller Óscar Maúrtua, este caracterizó a Toledo como "un hacedor, un maestro de la diplomacia", señalando agudamente la dicotomía entre su imagen internacional positiva y su menor aceptación doméstica. Esta observación resultaba particularmente pertinente considerando el contexto en que Toledo asumió el poder: tras una crisis política profunda, su administración priorizó con notable éxito la reinserción del Perú en los foros internacionales, aunque enfrentó persistentes desafíos de popularidad interna.

Este patrón contrastante entre desempeño externo e interno se revelaría como una constante en la política peruana reciente. Como bien señaló el periodista Augusto Álvarez Rodrich durante mi visita de 2008, Toledo encarnaba la figura del "presidente global", mientras que su sucesor, Alan García, mostraría el perfil opuesto: mayor efectividad en el ámbito doméstico que en el internacional. Estas variaciones entre administraciones ilustran las complejas dinámicas que gobiernan la percepción política en diferentes esferas.

Mi estudio sobre la administración Toledo, publicado en 2010 bajo el título "La visión y realidad de Toledo en el Perú", recibió una favorable acogida en los círculos académicos norteamericanos. Lamentablemente, el libro no alcanzó similar difusión en el Perú debido a dificultades en su traducción y publicación local. A pesar de las conversaciones con el Instituto de Estudios Peruanos, la exigencia de financiar personalmente los costos de traducción resultó un obstáculo insuperable. No obstante, he procurado que el trabajo esté disponible para investigadores peruanos a través de copias depositadas en la biblioteca de la Academia Diplomática del Perú.

A lo largo de la última década, he mantenido una producción académica constante sobre la diplomacia peruana y temas afines. En 2011 contribuí con un capítulo titulado "Ideología y pragmatismo en la política exterior del Perú" para la obra colectiva Políticas exteriores latinoamericanas, donde analicé el delicado equilibrio entre principios y realismo que caracteriza la tradición diplomática peruana. Más recientemente, en 2022, tuve el honor de participar en el prestigioso Manual de diplomacia y arte de gobernar de Routledge con un ensayo titulado "Perú: un modelo de diplomacia para América Latina". Este último trabajo, que recomiendo especialmente a los estudiantes y profesionales de relaciones internacionales, ofrece una síntesis actualizada de la evolución, estado actual y perspectivas futuras de la política exterior peruana, destacando su singular capacidad para adaptarse a los cambios del sistema internacional sin perder de vista sus objetivos estratégicos fundamentales.

Mi investigación comparativa se extendió también al caso boliviano con la publicación en 2020 de “Bolivia: Geopolítica de un Estado sin litoral”, un estudio exhaustivo que traza el desarrollo de la política exterior boliviana desde su independencia hasta el presente. Si bien esta obra no ha recibido la misma atención que mis trabajos sobre Perú -tanto en Bolivia como en círculos académicos internacionales-, plantea una tesis provocadora: la búsqueda histórica de una salida soberana al Pacífico, más que un objetivo geopolítico viable, se ha convertido en un obstáculo epistemológico que limita el potencial de la diplomacia boliviana. Sostengo que Bolivia podría beneficiarse de seguir el ejemplo peruano en cuanto a establecer objetivos realistas y acumulativos, donde cada logro sirva de base para metas más ambiciosas.

Esta diferencia de enfoque ayuda a explicar por qué Perú ha logrado preservar la integridad de su territorio -con la excepción del trauma de la Guerra del Pacífico- mientras Bolivia ha visto reducida su superficie a menos de la mitad desde su independencia. El pragmatismo peruano, que combina ambición con realismo, contrasta con el idealismo boliviano que a menudo choca contra los límites de la realidad geopolítica.

Mi obra más reciente, “La política exterior peruana en la era moderna”, próximamente disponible en español gracias al apoyo de la Sociedad Peruana de Derecho Internacional y su presidente, el ex canciller Óscar Maúrtua de Romaña, busca ofrecer una visión integral de la diplomacia peruana contemporánea. Junto con mi trabajo anterior “La Política Exterior del Perú”, espero que esta publicación contribuya a un entendimiento más profundo y matizado de la trayectoria y aspiraciones internacionales del Perú, tanto para el público especializado como para el lector informado.

En el ámbito bilateral, es alentador observar recientes avances en la comprensión mutua entre Perú y Estados Unidos. Como he sostenido a lo largo de mi carrera, el fortalecimiento de esta relación requiere superar estereotipos y construir sobre bases de respeto mutuo e intereses compartidos, un principio que sigue guiando mi trabajo académico y de asesoría.

Tuve también el privilegio de participar en una sesión informativa para la embajadora Stephanie Syptak-Ramnath, la nueva representante diplomática de Estados Unidos en el Perú. La embajadora Syptak-Ramnath -una profesional de notable preparación intelectual y aguda perspicacia- desmostró desde su llegada a Lima un genuino interés por comprender la complejidad del país en el que nos representará. Recomendé encarecidamente establecer un diálogo fructífero con ella, pues su apertura al intercambio académico y político puede contribuir significativamente a fortalecer los lazos bilaterales.

En otro orden de ideas, quisiera manifestar que, a lo largo de mis 56 años de estudio del quehacer diplomático peruano, he identificado tres contribuciones fundamentales de mi trabajo al campo académico:

Primero, mi libro “La política exterior del Perú” simbolizó el primer esfuerzo sistemático por ofrecer una visión integral de este tema. Antes de su publicación, los análisis existentes se caracterizaban por su fragmentación -ya sea por periodos históricos, regiones geográficas o administraciones particulares-. Al proponer una síntesis comprehensiva, establecí un marco analítico que permitía identificar continuidades y aprendizajes históricos, enriqueciendo sustancialmente el estudio de las relaciones internacionales del Perú. Hoy me satisface observar cómo este enfoque holístico ha ganado aceptación entre los nuevos investigadores peruanos.

En segundo lugar, la estructuración de mi análisis alrededor de cuatro pilares fundamentales -soberanía política, integridad territorial, solidaridad continental e independencia económica- proporcionó una herramienta conceptual poderosa para comprender la evolución de la diplomacia peruana desde 1821. Este marco demostró su utilidad al permitir, por ejemplo, rastrear cómo el principio de integridad territorial ha guiado consistentemente el manejo de diferendos fronterizos con Ecuador, Bolivia y Brasil, adaptándose a diferentes contextos históricos sin perder su esencia.

Finalmente, mi trabajo contribuyó a superar la tradicional división historiográfica entre el periodo pre y post Guerra del Pacífico. Al identificar cinco etapas claramente diferenciadas en el siglo XIX -desde el periodo de la independencia hasta los gobiernos de Pardo y Prado- logré demostrar la rica diversidad de enfoques y desafíos que caracterizaron la política exterior peruana antes del conflicto de 1879. Esta periodización más matizada permitió apreciar mejor tanto las continuidades como las innovaciones en la práctica diplomática nacional.

Mi enfoque metodológico para el estudio de la política exterior peruana se ha caracterizado por un análisis diacrónico que privilegia la identificación de periodos históricos significativos. Al examinar el lapso comprendido entre 1821 y la Guerra del Pacífico, propuse una segmentación en cinco fases diferenciadas, cada una con características propias:

El primer periodo, inmediatamente posterior a la independencia, estuvo marcado por los esfuerzos iniciales para establecer los cimientos de una política exterior soberana, simbolizados por el nombramiento del primer ministro de Relaciones Exteriores. Le siguió la era de los caudillos, donde la atención se volcó predominantemente hacia los conflictos internos, aunque sin dejar de debatirse cuestiones fundamentales como la propia viabilidad del Perú como Estado independiente frente a proyectos unionistas bolivarianos.

Un punto de inflexión crucial ocurrió durante las administraciones de Ramón Castilla, cuando se sentaron las bases de una diplomacia profesional con objetivos claramente definidos y se inició la institucionalización del Ministerio de Relaciones Exteriores. Posteriormente, el periodo de la intervención española y los gobiernos de Pardo y Prado completan esta periodización que, a diferencia de la tradicional división binaria (pre y post Guerra del Pacífico), permite apreciar con mayor nitidez las transformaciones en la práctica diplomática peruana.

Esta estructuración cronológica, combinada con el marco analítico de los cuatro objetivos centrales (soberanía política, integridad territorial, solidaridad continental e independencia económica), aportó sistematicidad y profundidad al estudio de la política exterior peruana. El resultado fue una comprensión más matizada de su evolución, donde es posible identificar tanto continuidades como rupturas en el largo plazo.

Un aspecto metodológico fundamental de mi trabajo ha sido el riguroso apego a las normas de documentación académica. Al iniciar mis investigaciones en 1968, observé que obras seminales como “La Política Internacional Peruana durante la dictadura de Leguía” de Pedro Ugarteche, “Perú y Ecuador: Última Etapa del Problema de Límites” de Alberto Ulloa, o la “Historia Diplomática del Perú” de Wagner de Reyna, aunque valiosas, adolecían de una sistemática falta de referencias precisas. Esta carencia dificultaba distinguir entre interpretación y hecho documentado, así como evaluar adecuadamente las fuentes utilizadas.

Consciente de esta limitación, establecí desde mis primeras publicaciones un estricto protocolo de citación y referenciación, con el doble propósito de sustentar mis argumentos y facilitar su verificación crítica. Hoy me satisface constatar que esta práctica se ha generalizado entre la nueva generación de académicos peruanos, como lo demuestran los trabajos de Garibaldi, Cayó Cordova, Novak y Namihas, cuyas obras combinan rigor documental con innovación analítica.

Finalmente, al contemplar estas cinco décadas de estudio, varias conclusiones se imponen con fuerza:

Primero, la política exterior peruana ha demostrado una notable capacidad de adaptación sin perder de vista sus objetivos fundamentales. Desde los años de la Guerra Fría hasta la era digital, el Perú ha mantenido un rumbo sorprendentemente coherente en su búsqueda de autonomía, desarrollo y reconocimiento internacional.

Segundo, el estilo diplomático peruano -esa mezcla peculiar de formalismo legal y pragmatismo económico- ha demostrado ser un activo invaluable en un mundo cada vez más complejo. La resolución pacífica del conflicto con Ecuador en 1998 es quizás el ejemplo más elocuente de esta capacidad.

Tercero, y probablemente lo más importante, he llegado a apreciar cómo la calidad del capital humano en el servicio diplomático peruano ha sido el verdadero pilar de sus logros internacionales. Desde los tiempos de Pedro Ugarteche hasta la actualidad, he sido testigo de cómo generaciones de diplomáticos peruanos han compensado limitaciones materiales con ingenio, preparación y una profunda comprensión del arte de lo posible.

Para cerrar, permítanme compartir una reflexión personal. En 1968, cuando compré aquel ejemplar usado de Alberto Ulloa en la calle Quilca, no podía imaginar que estaba adquiriendo más que un libro: estaba adquiriendo un pasaporte a una vida de descubrimiento intelectual. El estudio de la política exterior peruana me ha enseñado que, en diplomacia como en la vida, lo más valioso no son las respuestas definitivas, sino las preguntas perspicaces. Y es en ese espíritu de curiosidad permanente que espero haber contribuido, aunque sea modestamente, a nuestro entendimiento colectivo de este fascinante tema.