“Ha
tocado a los representantes de las Marinas
de Chile i del Perú realizar la labor
de estrechar los sentimientos de dos pueblos
jóvenes […] no puede ser más honrosa
y satisfactoria la misión dignamente cumplida por el personal de la
Armada”.
Revista de Marina
y Aviación, 1930.
“El Tratado
de 1929 fue un arreglo
valeroso […] necesario, […] útil y
conveniente
para la política internacional del Perú”.
Alberto Ulloa, 1941.
Michel Laguerre Kleimann[1]
El Tratado de
Lima firmado el 3 de junio de 1929 puso fin al pendiente diplomático iniciado
luego de la guerra por el Guano y el Salitre, guerra iniciada cincuenta años
atrás. Muchos de los que lucharon en aquella contienda y vivieron los aciagos
años posteriores de la misma, fueron actores y testigos del proceso de
negociación que daría por concluido uno de los aspectos más sensibles del
tratado de Ancón: la devolución de las provincias cautivas. La participación de la Marina de Guerra del Perú, tanto
antes, durante como después de la firma del Tratado, significó un ejemplo de
Diplomacia Naval, demostrando su antigua y vigente participación en la Política
Exterior de la República del Perú.
Palabras clave: Diplomacia Naval, Tratado
de 1929, Marina
de Guerra del Perú, Política Exterior
The Treaty of Lima signed on June 3, 1929, put an end to the diplomatic
pending that began after the war over Guano and Salitre,
a war that began fifty years ago. Many of those who fought in that war and
lived through the fateful
years that followed, were actors and witnesses to the negotiation process that would conclude
one of the most sensitive aspects of the Treaty
of Ancon: the return of the captive provinces.
The
participation of the Peruvian Navy, both before, during and after the signing of the Treaty,
meant an example
of Naval Diplomacy, demonstrating its old and current participation in the Foreign
Policy of the Republic of Peru.
Keywords: Naval
Diplomacy, Treaty of 1929, Peruvian Navy, Foreign Policy
. .
. . .
El jurista y diplomático Alberto Ulloa anotó que “cerca de medio siglo habían afirmado la tenacidad
del Perú para mantener su derecho; la fecunda
habilidad de nuestra diplomacia para sostener un debate en condiciones
de inferioridad real y política […] pero ninguna de esas condiciones había
podido remediar la impotencia efectiva del Perú para recuperar Tacna y Arica”.[2]
De hecho, esta enorme carga emocional tuvo que ser filtrada, así como sobrepuesta, para lograr un acuerdo con el antiguo
adversario, dando inicio
a un anhelado tiempo de cooperación binacional que, al menos en el discurso y algunas acciones, las autoridades de ambos países,
Perú y Chile, buscaron.
Los inmediatos antecedentes, así como los sucesos posteriores a la firma del tratado de Lima
evidenciaron el uso inteligente, por parte del gobierno de la Patria Nueva, de diversos elementos
nacionales que permitían tantear los ánimos anteriores y posteriores a la firma del instrumento internacional. Los deportes, el periodismo, las artes y la Armada fueron actores de primer orden
para lograr aquel ambiente propicio tanto para afianzar lo logrado como para
tratar de dejar atrás las heridas del pasado.
Sin embargo, no me cabe duda de que fue la Marina de Guerra del Perú el instrumento más sensible
utilizado por el gobierno para lograr el objetivo
político de sellar las fronteras luego de más de cien años de proclamada la
independencia, así como afianzar las relaciones entre ambos pueblos. Digo
sensible, puesto que la figura del entonces Contralmirante Miguel Grau, y con
ella la de la Armada Peruana, se elevó como símbolo de lo peruano tanto en la gloria
como en el dolor de la guerra.
Las Coronas Fúnebres, los monumentos, así como el
recuerdo cotidiano y popular de la gesta de Angamos adquirían cada año mayor
fuerza, removiendo las fibras íntimas de la peruanidad.
El viaje del crucero Lima a Valparaíso para recoger sus
restos -y el de otros valientes- en fecha tan temprana como 1890, evidencian
que Grau se había convertido en el símbolo de la fraternidad, del consenso y en
el punto de encuentro entre los dos países. Esta peculiaridad grauniana se extendía, por default a la propia institución naval. Es por ello, que la activa
participación de la Marina de Guerra del Perú en el contexto
de la firma del tratado de
Lima, materializada concretamente con el zarpe de la escuadra peruana hacia
Chile en el tercer mes del año 1930, es un ejemplo
meridiano del potencial de la diplomacia naval peruana en el
cumplimiento de sus funciones relacionadas con la política exterior del Estado,
incluso antes de que se acuñase el término “participación en la política
exterior” que figura dentro de sus roles constitucionales.[3]
Históricamente se ha utilizado a las Armadas
para fines diplomáticos, ya sea como herramientas coercitivas o disuasivas, pero en el caso peruano, podríamos referirnos a la
circunnavegación de la fragata Amazonas y
la presencia del bergantín Gamarra en
San Francisco, a mediados del siglo XIX, como dos ejemplos de la proyección del
Poder Naval para asuntos distintos a la guerra.
En el siguiente texto presentaré la versión oficial
de los ánimos que se vivieron a finales de la década de 1920; cómo se
desplegaron los esfuerzos para terminar
la cuestión pendiente
de la guerra del Pacífico,
y qué papel jugó la Armada del Perú como principal
protagonista para afianzarla. Recordemos que una guerra, o, para este caso, una negociación internacional de gran alcance, el uso de los medios de información por parte del Estado juegan un papel importante para reunir y/o encausar los ánimos por parte de la población durante el proceso de las
negociaciones.
Para ello, me he basado en
fuentes oficiales como los mensajes presidenciales, las memorias del canciller
Pedro Rada y Gamio, la semioficialita Revista
Mundial, la Revista de Marina y
un informe oficial casi desconocido del viaje de la Escuadra
Peruana que se conserva con amor
filial en casa de las hijas del capitán de navío Julio V. Goicochea, Comandante General de la Escuadra, quienes tuvieron el
desprendimiento de prestármelo para su estudio.[4]
Estoy seguro que las siguientes líneas podrían mover
el patriotismo o patrioterismo
de muchos por el tenor poco usual del lenguaje de concordia que se utilizó en los medios oficiales. Para evitar esa primera percepción al tema, reitero que este
trabajo busca presentar la versión oficial de aquel contexto histórico
y el papel que jugó nuestra
Institución Naval en el mismo. Exponer los hechos contra
los tradicionales convencionalismos es una tarea dura, pero la realidad y verdad de
los sucesos son los mejores argumentos en beneficio del estudio de la historia.
En este punto, vale recordar
lo escrito por el Enviado Plenipotenciario peruano a Chile
en 1879, José Antonio
de Lavalle, quien, al regresar de su infructuosa misión, y ver los buques
peruanos fondeados en la bahía del Callao,
supo que no había opción realista
de hacer frente a la escuadra de chile; sin embargo, anotó en sus memorias que,
si él o alguno se hubiera atrevido a mencionarlo, hubiera sido tildado de
traidor a la Patria.[5]
Gracias a la sugerencia del Secretario de Estado
de los Estados Unidos de América Frank B. Kellogg,
Perú y Chile elevaron sus relaciones diplomáticas al más alto nivel.[6] A los pocos días, en su mensaje
a la nación, el presidente de la república
Augusto B. Leguía enfocó la cuestión con Chile
sosteniendo que “la reanudación de relaciones la acepta y defiende como un paso más hacia la cordialidad
continental y hacia una justa solución del viejo pleito”.[7]
En ese sentido, el gobierno
de Carlos Ibáñez del Campo designó al ex presidente de su país (1925-1927),
Emiliano Rodríguez Larraín, quien también había sido parlamentario durante
muchos años, y varias veces ministro de Estado, como embajador de Chile en el
Perú.
Una rápida mirada entre los nombres
propuestos para asumir el cargo de primer embajador de Chile en el Perú, nos brinda una idea del interés en seleccionar a la persona idónea. La
terna, por decirlo de alguna manera, estuvo
compuesta por Carlos
Silva Vildósola y Eduardo Barrios,
este último nacido en Lima y
de la generación de estudios de José de la Riva Agüero, García Calderón, etc., y que había sido director de la Biblioteca Nacional de
Santiago.[8] El Primer Secretario de la Embajada de Chile fue Jorge Saavedra Agüero, quien estaba casado con
la dama peruana Yolanda Livoni; la delegación se
complementó con Fernando Zañartu Campino.[9]
Por el lado del Perú, se
nombró como Embajador al ex Canciller César A.
Elguera, senador de la República. El consejero sería el Primer Secretario Alfredo González Prada, mientras que los doctores
Héctor Morey y Javier
Delgado Irigoyen serían
los secretarios.[10] Finalmente,
quienes acompañaron a Elguera fueron los doctores Javier Correa Elías (primer
secretario), Héctor Morey y el señor Javier Delgado
Irigoyen (ambos segundos secretarios), a quienes se les unió como Cónsul Francisco
Pardo de Zela.[11]
Ampliando el panorama
diplomático, pero enfocándonos en el ámbito
deportivo, en el mes de agosto, en otras palabras, a los pocos
días del mensaje presidencial
peruano, el vapor Aconcagua[12]
arribaba al puerto del Callao trayendo a bordo a deportistas chilenos
que llegaron para “contribuir
a dar vida al ambiente” y competir con sus pares pugilistas (boxeadores) y
futbolistas peruanos. Presidió
la legación el diputado chileno
Luis Valencia Courbis, que a decir de la revista Mundial: “este solo dato basta para demostrar hasta qué punto finca
en esta embajada, Chile, expectativas de confraternidad, y cuál es la
importancia y el relieve que le asigna”.[13] Vale
mencionar que el boxeador peruano
campeón sudamericano Manuel Brisset se enfrentó al chileno Norberto Tapia.
Lamentablemente no encontré el resultado de dicho match.
En el mismo barco de arribo de los deportistas sureños, desembarcó el ilustre bibliógrafo chileno
José Toribio Medina,
quien fue recibido
por Carlos A. Romero, director
de la Biblioteca Nacional del Perú y atendido por notables y jóvenes intelectuales como Raúl Porras Barrenechea, José Gálvez
Barrenechea, Luis Alberto Sánchez y otros.
Vale recordar que Medina
había empezado a escribir en Lima, en 1875, y regresado
en 1902. Durante
esta, su tercera
estadía en suelo peruano, sostuvo que “no valdría la pena haber iniciado una
gestión [refiriéndose a las negociaciones de paz intrínsecas al próximo tratado
de Lima], si no se tuviera la seguridad del éxito. En Chile ardemos
de deseos por arreglar este litigio, por acercarnos […] lo ansío
con toda el alma”.[14] Esta
declaración hecha por un reconocido y respetado intelectual chileno en territorio peruano demostraría que las élites académicas se habrían reunido
esperando un fallo de conlleve a la armonía.
A esto debemos añadir que dos
periodistas chilenos fueron incorporados a la Asociación Nacional
de Periodistas del Perú. Se trató
de Rafael Maluenda, redactor de El
Mercurio y Álvaro de la Cruz de La
Nación.[15] En una entrevista que el joven intelectual Luis Alberto Sánchez
le hizo aquel, Maluenda respondió a una de las preguntas que “las orientaciones
todas de la prensa chilena,
las manifestaciones espontáneas y entusiastas con que se ha rodeado a los
representantes del Gobierno y de la prensa peruana en Chile, los mensajes
enviados por los obreros de mi país a los obreros peruanos, la expresión de los anhelos
femeninos a este asunto, todo eso que acusa los sentimientos colectivos de
una nacionalidad, dicen de manera franca, rotunda, que Chile quiere la
solución, que la quiere satisfactoria para los dos pueblos hermanos
y la quiere digna y ejemplar para la América colombina”.
Luego, ante la pregunta respecto
al porvenir de la reconciliación de los pueblos, el periodista chileno
respondió “en el orden político los dos países formarán una entidad respetable
para los destinos americanos; la influencia de su cultura y de sus ideales se
hará amplia y resonante en el continente y las orientaciones que marquen los ideales que de esta unión,
habrán de surgir, por fuerza habrán de tener eco propicio en esta poderosa
América Latina”.[16]
Inclusive, la Pacific Steam Navigation Company comenzó a publicitar
viajes de recreo
al sur de Chile a bordo del transatlántico Oroya,
pasando “Pascua y Año Nuevo abordo con bailes de Fantasía, juegos y deportes. -
buena orquesta”; sin exigir la visa chilena en los pasaportes de los turistas peruanos.
Por el lado nuestro,
el notable compositor peruano Carlos Valderrama pidió, durante su gira por
Chile, visitar el monitor Huáscar,
convirtiéndose en el primer peruano en realizar dicha visita acompañado de las
altas autoridades navales chilenas. Cabe destacar que Valderrama había sido
afamado en los principales teatros
de Nueva York, y que en Chile
se reunió con el Canciller
Conrado Ríos Gallardo.[17] Al año
siguiente, una cantante lírica chilena arribó al Perú desde Nueva York: Sofia del Campo.[18]
Un hecho lleno de fuerte simbolismo de unidad y que evidenciaba los decididos deseos de afirmar un futuro en común, así como un claro mensaje de aprecio se dio el 18 de setiembre
de 1928, cuando se izaron en diferentes edificios públicos el pabellón
nacional “en homenaje a la clásica fiesta americana de la independencia de Chile. Resuelto
ya el restablecimiento de
las relaciones interrumpidas […] y creado un ambiente espiritual favorable para
el generoso y fructífero avenimiento que liquide definitivamente el serio problema
que en forma tan grave venía amenazando la subsistencia de la paz en Sudamérica”.[19]
Incluso, los deportistas chilenos del equipo de fútbol “Santiago F.B.C”
presentaron una ofrenda floral ante el monumento del combate naval del 2 de
mayo de 1866.[20]
El lugar era inmejorable puesto que la contienda de aquella
jornada contó con los dos países unidos ante una amenaza común; y aquel
estéticamente bello monumento a la gloria
naval del 2 de mayo contiene las representaciones de los cuatro
países unidos alrededor de la columna
rostral en señal de unidad continental.
Al año siguiente, en 1929, un
grupo de nadadores y waterpolistas peruanos viajó a Chile para participar de un
campeonato sudamericano, siendo la primera vez que una
delegación oficial de deportistas nacionales viajaba a Santiago. De acuerdo al editorial de Mundial, “ella, seguramente, robustecerá vínculos y dejará
demostrado que la amistad con el sur es un hecho”.[21] Como dato adicional, los peruanos perdieron todas las competencias
contra sus pares de Argentina,
Chile y Uruguay. Por las razones expuestas, no existía una piscina en toda la
república para el entrenamiento de la natación y el waterpolo.[22]
En mayo de 1929, se llevó a
cabo en Lima un campeonato latinoamericano -como se decía- de atletismo, en el
cual participaron equipos de Argentina,
Ecuador, Bolivia y Chile; siendo los dos últimos los que llaman la atención por
el significado diplomático de su presencia en momentos previos al arreglo de la
cuestión del Pacífico.[23] Cabe
mencionar que el capitán de navío Charles G. Davy, director de la Escuela Naval
del Perú, fue el árbitro general
del campeonato y que el alférez de fragata Pedro Gálvez Velarde, futuro vicealmirante, se coronó campeón sudamericano
de 400 metros con vallas.[24]
De este modo, se observa cómo
la Diplomacia, los Deportes, la Academia y la Prensa se unieron y utilizaron sus influencias para ir armando el contexto favorable al momento del fallo. En este punto,
estas interacciones (entre
otras) fueron los argumentos necesarios que motivaron al presidente Augusto B.
Leguía sostener, en 1929, que “hemos restablecido la vieja amistad entre el
Perú y Chile que fundaron los héroes y quebrantaron las ambiciones”.
Cuando la nueva embajada del
Perú en Chile zarpó del Callao y la de
Chile arribaba a nuestras tierras, el editorial de la revista Mundial anotó que “están iniciadas las
labores que deben terminar en un entendimiento definitivo. La misión de los señores
Figueroa Larraín y Elguera no puede ser más
trascendental y simpática. El Embajador de Chile llega en un ambiente
de cordialidad enorme”.[25]
Asimismo, destacó que el pueblo y autoridades peruanas le demostraron
simpáticas muestras de aprecio “tan diferente al que, quizás, suponía él
existir aquí con respecto a Chile”. Una expresión dicha por el presidente
Leguía durante la recepción oficial a Figueroa Larraín fue la que sostuvo la
necesidad de mutua comprensión, “ya era tiempo, excelentísimo señor, de volver
por las tradiciones del pasado que nos unieron fraternalmente, a la sombra de
una historia forjada por héroes comunes y sobre un suelo cuya continuidad trazó
la mano de Dios […] olvidando errores del pasado”.[26]
En paralelo, la delegación
peruana recibía las mismas atenciones.[27] De
acuerdo a las notas gráficas de Mundial,
el presidente de Chile Carlos Ibáñez del Campo agasajó al embajador Elguera con
un almuerzo en el distinguido club hípico, así como con una velada en su
homenaje en el teatro de la Comedia, destacándose que su palco estuvo adornado
con las banderas de Perú y Chile, a lo que se agregó una visita al cuerpo legislativo de Santiago.[28] Casi a
finales del año, el embajador César Elguera organizó un banquete al de Chile
Conrado Ríos Gallardo, a la que asistieron altos
miembros de la sociedad, así como autoridades de La Moneda.[29]
Incluso, la redacción de esta
revista reflexionó respecto al momento histórico que representaba el 8 de octubre de 1928, pues no se hablaba “de odios. Se habla de
colaboraciones, de mutua comprensión entre los beligerantes de aquel ocho de
octubre legendario […] llega la efeméride en el instante cenital de la
reanudación […] los grandes pueblos no hacen de sus héroes símbolos de odio, sino símbolos de orgullo patrio,
de arrogancia, de virilidad”.[30]
En una entrevista que El Mercurio realizó a Leguía, este sostuvo que la
cuestión con Chile era de “estrictamente justicia,
y no depende de ningún otro arreglo económico o de otra laya […] limita el pleito a un advenimiento justiciero”.[31] En esa
línea, los banqueros y miembros del alto comercio de Lima y Callao sostuvieron que llegaron a la conclusión “de que es necesario
solucionar el viejo litigio y que tienen plena fe en el Gobierno”.[32]
“El acercamiento peruano-chileno, empezó por obra y gracia de
las nuevas generaciones hace casi una década. No pudo ni la diplomacia
tradicionalista, ni el sistema de extremo conservadurismo, mantener por más tiempo en un estatu quo dañino e ilógico, una cuestión que requería una medicina de
urgencia. Las nuevas generaciones abordaron el problema con valentía y miras porveniristas […] bajo tales
auspicios se han inaugurado las nuevas relaciones. El Perú ha mostrado
un frente único,
esta vez dirigido
por los propios gobernantes”, sostuvo el diario de Andrés Avelino Aramburú.[33]
Cuando se llegó al esperado
acuerdo el 3 de junio de 1929, las manifestaciones en pro y en contra no se
hicieron esperar. Así lo reconoció
el propio Leguía en su mensaje al Congreso de la República: “no hay que
olvidarlo, el tratado con Chile abre una nueva época en la Historia del Perú
[…] sus imperfecciones no se deben a nosotros sino a los hombres que no
supieron evitar la guerra […] que se separe la parte de responsabilidad que
cada cual tiene en este drama inmenso que unos empezaron y otros hemos concluido”.[34]
La misma entusiasta revista
Mundial reconoció que el resultado
no había sido el esperado -el basado en la justicia- “hay que decirlo con
franqueza; ha llegado y ha sorprendido a muchos con su amarga verdad; pero también
hay que decirlo,
su mismo realismo, descarnado e implacable, nos pide una actitud de
digno, reflexivo, severo acatamiento […] sería injusto pedirlo optimismo al
pueblo. Pero, es irreflexivo e injusto esperar otra solución”.[35] De
acuerdo con Alberto Ulloa, el Tratado de 1929 ha sido criticado
especialmente con argumentos sentimentales que la realidad, la historia y las
conveniencias del país disminuyen o posponen”.[36]
Entre las primeras
expresiones a favor, se encuentra la adhesión que distintas provincias, instituciones y asociaciones brindaron al presidente, de las cuales mencionaré la de la Sociedad Geográfica de Lima,
organización presidida por un veterano de la guerra del Pacífico y
sobreviviente del combate naval de Angamos; me refiero al Vicealmirante Melitón
Carvajal Ambulodegui.[37] Esta adhesión
tiene mucho valor simbólico puesto que validaba la política internacional respecto al pendiente con Chile del régimen
de la Patria Nueva. Debemos
recordar que la Sociedad Geográfica fue fundada en 1888, por quien simbolizó la resistencia en la campaña
terrestre de la guerra: Andrés A. Cáceres, su presidente nato.
Entre los integrantes de esta
Sociedad figuraron notables hombres de
uniforme, muchos de los cuales sobrevivieron a la guerra, así como civiles de
connotada reputación quienes también lucharon y sufrieron las consecuencias
humanas, económicas y morales de aquella contienda. En otras palabras, bien
pudo ser uno de los núcleos de oposición respecto al resultado con Chile.
Por otro lado, el embajador
de Chile ofreció un banquete a Leguía, quien, durante sus palabras de respuesta
sostuvo que “la obra realizada con tanto esfuerzo como patriotismo por los
gobiernos del Perú y Chile para reconciliar a dos pueblos que unidos forjaron
la leyenda heroica
del pasado y que unidos
deberán crear esa otra dorada
leyenda del porvenir”.[38] Entre
los asistentes figuraron el ministro de marina y aviación contralmirante Augusto Loayza, así como el jefe de la misión naval americana
contralmirante William S. Pye. La contraparte peruana
en Santiago hizo lo mismo, pero agasajando al canciller Conrado Ríos Gallardo.
Poco tiempo antes de regresar a su país, el embajador Figueroa Larraín sostuvo que “en Chile, las
élites sociales, políticas e intelectuales están de perfecto acuerdo
en acercarse al Perú. Y el pueblo
ha comprendido también esa necesidad y hoy el nombre de
peruano es el mejor salvoconducto en mi patria. Quien haya ido allá sabe que
basta decir peruano para que todas las puertas
se abran y todas las simpatías despierten”.[39] Como veremos en unos
momentos, la Armada Peruana lo comprobó con creces.
A estas expresiones debe añadirse la entrevista dada por el
canciller Ríos Gallardo a José Chioino
de Mundial el 25 de mayo: “Esta
solución no podía realizarse en toda época; era necesaria cierta situación,
determinado ambiente y la existencia, en ambos pueblos, de un gobierno con
hombres capaces de enfocar el problema de una forma distinta a como había sido
enfocado hasta el presente. El Plebiscito no era, no podía ser jamás una buena
solución. Yo fui un constante y decidido adversario de esa fórmula […] había que formular
un nuevo ambiente
de comprensión y de cordialidad entre los pueblos”.[40]
La reacción internacional fue
de total aprobación a lo logrado aquel 3 de junio. A los saludos de los presidentes de las Cuba, Panamá, Colombia, México, Ecuador, se unieron los
de las diferentes cámaras legislativas de varias repúblicas, así como las felicitaciones de los delegados de Inglaterra, Alemania,
Japón, España, Italia, Rumanía y demás estados en la Sociedad de las Naciones; la adhesión sin reservas que el distinguido internacionalista y
jefe de la legación peruana en Brasil Víctor M. Maúrtua
dio al arreglo amistoso del litigio de Tacna y Arica; las declaraciones del
canciller de Venezuela a favor del tratado; las palabras dadas en Alemania por
los representantes de Su Santidad, Portugal, España; el pláceme ofrecido por la Academia Americana de la Historia sita en Buenos Aires; la satisfacción de la Unión General
Hispano Americana sita en Barcelona; el saludo del
instituto Geográfico brasileño; se añadieron las del general William Lassiter
quien sostuvo que el “alejar esta fuente de discordia, reaccionará muy
favorablemente sobre el desarrollo y prosperidad de dos de los más importantes
vecinos del sur”, y la del general Pershing, quien manifestó estar
especialmente complacido del arreglo.[41]
El 26 de junio, Leguía, en una sesión extraordinaria del Congreso, dio lectura a su mensaje sobre el tratado
peruano-chileno. En él remarcó que la Patria Nueva solucionó el grave problema
que la generación gobernante de hacía
cincuenta años no pudo evitar.
Recordemos que él mismo luchó en los campos de Miraflores y vio las luces y
sombras de la defensa peruana.
En un extracto sostuvo que
“este Tratado, dígase lo que se quiera, es una solución ventajosa. Es ventajosa, porque
recupera algo más que Tacna y Tarata y restablece la amistad entre el Perú y
Chile […] sin este Tratado nuestro progreso
y, en general, nuestro porvenir
sería inciertos […] el
patriotismo es la más sublime
de las virtudes; pero entre
los patriotas los hay de
verdad y los hay también por cálculo”.[42] Por su
parte, y durante un banquete en el club de la Unión de Santiago, que el
canciller Conrado Ríos Gallardo ofreció al embajador
peruano luego del canje del tratado, aquel sostuvo que “queda hoy consagrada de
la manera más brillante, la unión definitiva de dos grandes patrias americanas,
reconciliadas al fin y restituidas al plan de comunión política y espiritual,
donde se hallaban en los albores de su vida libre”.[43]
El 12 de octubre
de 1929, Leguía iniciaba un nuevo periodo presidencial, el cual duraría,
en principio, hasta
el 28 de julio de 1934. Para esta ocasión, el gobierno
de Chile envió
como parte de sus representantes al contralmirante Roberto Chappuzeau, agregado
naval a la embajada chilena, así como al general
Félix Urcullu, agregado
militar; quienes, el 17 de octubre
visitaron la Escuela Naval del Perú, siendo recibidos por la plana mayor de la
misma. Durante su visita pasaron inspección a la compañía de cadetes y a la división de aprendices navales. Los
acompañó el ministro de Marina y Aviación contralmirante Augusto
Loayza, el jefe del Estado Mayor General de Marina, contralmirante William
S. Pye.
En la Cámara de Cadetes de la
escuela se ofreció un brindis a los visitantes, quienes respondieron los
discursos dados por el contralmirante Loayza
y el director de la Escuela, capitán
de navío Charles
G. Davy. En ese
contexto, el contralmirante Chappuzeau trajo el saludo oficial
de los cadetes navales chilenos a sus “camaradas peruanos, expresando,
además, que era portador de un trofeo de atletismo que aquellos le habían encomendado para entregar a los mejores atletas de la Escuela Naval del
Perú”. De acuerdo a la crónica de la Revista de Marina, el trofeo era un
“grupo escultórico de bronce que representa dos luchadores i lleva en su base
una placa de plata con la siguiente inscripción: Los cadetes de la Escuela Naval de Chile a los Cadetes de la Escuela Naval del Perú. - 1929-1930-1931.
El trofeo no fue entregado aquel día, sino el 21 de octubre, cuando el capitán
de corbeta Manuel C. Francque (ayudante del contralmirante)
lo efectivizó.[44]
Al mes siguiente, exactamente
el 15 de noviembre, el buque escuela de Chile General Baquedano arribó al Callao cumpliendo su 26° viaje de
instrucción. Este buque de 2,330 toneladas de desplazamiento y 73.15 metros
de eslora estuvo bajo el mando del capitán de navío Edgardo
von Schroeders Sarratea, quien llegaría
a ser Inspector General de la Armada
en 1932; siendo el Segundo Comandante
el capitán de corbeta Julio Santibañez.[45] Esta
fue la primera vez que un buque escuela del país sureño fondeaba en aguas
peruanas, siendo un claro ejemplo
del inicio de la utilización de las Armadas como instrumentos de la diplomacia
de ambos países. La representatividad de la presencia del Poder Naval del buque
escuela chileno, unidad naval dedicada a la formación náutica de la futura
oficialidad de dicho país, tuvo un mensaje de búsqueda del reinicio de las
relaciones en un ámbito de gran sensibilidad.
Así lo reconoció la Revista de Marina, cuya redacción anotó
que “a raíz del tratado de paz celebrado entre el Perú i
Chile, el viaje de la corbeta escuela General Baquedano ha sido la mejor
designación que ha podido hacer el gobierno del Mapocho, encomendando a su
Marina, la plausible acción del mejor
acercamiento positivo, el cual ha sido realizado con creces […] [y]
cuya visita ha constituido un verdadero triunfo diplomático”.[46]
Nota interesante ocurrió a
los dos días del arribo del buque, cuando los marinos depositaron una ofrenda floral ante el monumento a Miguel Grau en el Callao. Por parte de la representación chilena estuvieron el Encargado
de Negocios de dicho país, Jorge Saavedra
Agüero, el Cónsul General
de Chile, Cesáreo Álvarez de la Rivera, el comandante, jefes, oficiales y
guardiamarinas del buque
escuela. Por el lado peruano,
asistieron el ministro de Marina y Aviación, contralmirante Augusto
Loayza, el ministro de Guerra general José Luis Salmón, el ministro de
Gobierno Benjamín Huamán de los Heros, el ministro de
Relaciones Exteriores Pedro José Rada y Gamio, el Jefe
del Estado Mayor de Marina y Jefe de la Misión Naval Americana, contralmirante William S. Pye, el jefe interino del Estado mayor del Ejército, general Enrique Ruiz Buenaño,
el contralmirante Federico
Sotomayor y Vigil, alférez
de fragata Manuel Elías-Bonnemaison, ambos sobrevivientes de la guerra del
Pacífico, el prefecto del Callao, coronel Manuel Rivero y Hurtado, entre
oficiales de la Armada y del Ejército.
Es interesante anotar el
breve discurso del comandante Schroeders puesto que
fue el primero que se llevó a cabo por un marino chileno ante el monumento a Grau, el mismo que se erige con el brazo derecho
señalando al sur, tal como lo
sugirió Manuel González Prada:
“En nombre de la Marina de
Chile, que hace del heroísmo un culto, rindo emocionado, este modesto homenaje,
al más valiente, al más preparado i al más caballeroso de nuestros antiguos
contendores en el mar.
Felices vosotros marinos
peruanos que podéis venir a menudo a fortificar vuestra alma i templar vuestro
espíritu en este altar de patriotismo. Orgullosos todos a los que nos cabe el
honor i la suerte de llegar aquí como verdaderos camaradas de armas i hermanos
de sangre, porque la glorificación de un héroe como el Almirante Grau es una manifestación fulgurante de las recias
cualidades de altivez i pundonor, características de una misma raza.
Como comandante del buque
escuela General Baquedano, es mi deber ayudar a plasmar en nobles moldes el alma i el carácter de una futura generación de marinos.
A toda ella la he traído aquí a fin de que, en recogido silencio, al pie de este monumento que rememora sagrados
recuerdos, pueda venerar las
virtudes que adornaron a este héroe del Pacífico, porque ellas puedan servir de
ejemplo a todos los que tienen el honor de dedicarse a servir i defender a su
patria en el mar”.
La respuesta del ministro de Marina y Aviación fue
notable:
“Justamente impresionado por
la sencilla pero imponente ceremonia que se acaba de realizar,
yo os agradezco profundamente, en nombre
del
Cuerpo de Marina del Perú i en especial, en el de los sobrevivientes
de Angamos, presentes aquí, el homenaje de admiración y respeto, que, en
nombre de la Marina de Chile, acabáis de tributar ante el monumento a nuestro
egregio contralmirante Grau, que, por la magnitud de su gloria, simboliza
nuestra Marina de Guerra
Mañana, señor comandante, nuestras
naves irán a Valparaíso,
como ha venido a nuestras tranquilas aguas del Callao la corbeta Baquedano, en misión de paz i amistad, i nuestros oficiales
tributarán igual homenaje de respeto i
admiración ante el bronce que perpetúa la memoria de vuestro heroico capitán
Prat, que simboliza asimismo vuestra Marina de Guerra.
I es natural que estos homenajes se sucedan, pues en todos
los tiempos los hombres que
se han sacrificado por un ideal o han sucumbido gloriosamente en defensa de la
Patria, han merecido la admiración del mundo por la sublime lección que legan a la posteridad. Guardiamarinas chilenos i peruanos: glorifiquemos siempre a nuestros
héroes e imitemos la sublime lección que nos legaron”.[47]
Luego de la ceremonia
almorzaron en el Centro Naval, cuyo presidente, contralmirante Ernesto de Mora, sostuvo
en su discurso que “he querido hacer resaltar mejor la cooperación del señor comandante Schroeders […] quien ha llegado a nuestro puerto comandando una nave prestigiada ya por el trabajo marinero de más de un cuarto de siglo […]
visitando pueblos i estrechando relaciones internacionales. Vosotros los de este instituto naval social, colegas vuestros, tenemos
la gran complacencia al abrirlo, de par en par, las puertas de esta casa que es
también la vuestra”. Entre los asistentes estuvieron los diputados capitán
de navío Abraham
de Rivero y Luis Alberto Valencia Courbis,
de Perú y Chile, respectivamente.[48] Cabe
recordar que, en un momento
del almuerzo, el comandante del Baquedano
brindó por los sobrevivientes de Angamos, llegando
inclusive a darle
un abrazo, gesto
que fue aplaudido.[49]
Asimismo, los marinos chilenos
desfilaron ante palacio
de gobierno y la presencia del presidente Leguía,
quien estuvo acompañado de miembros del gabinete, de la embajada
de Chile, así como marinos
y militares. Al día siguiente,
el encargado de negocios de Chile ofreció
un banquete en la embajada de su país a los marinos del Baquedano. Durante el momento del
intercambio de discursos, Agüero
Saavedra sostuvo que la presencia de los marinos de su patria:
“es, pues, uno de los broches
de oro con que se viene sellando el Tratado que para felicidad de nuestras
patrias i de América, se firmó en esta capital el 3 de junio último;
es otro de los gestos
con que
de corazón a corazón, peruanos i chilenos se demuestran su afecto, olvidan el
pasado i miran serenos i seguros el mañana.
Así pues, comprenderéis cuan
honroso es para mí recibir en esta casa de Chile, estrechamente unidos en cordial
abrazo, a los marinos
peruanos i chilenos que hacen
honor a sus brillantes instituciones […] Chile i Perú han vuelto a ser lo que fueron:
dos hermanos que se unen para trabajar por su grandeza i la
del continente como lo hicieron antaño los libertadores comunes que tripularan aquellas cuatro tablas de O’Higgins.
Marinas como las de Perú i Chile, que tienen el orgullo de contar con héroes como Grau i Prat -grandes entre
los grandes, nobles entre los nobles- son i serán,
señores, por su amor a la patria,
por su organización i disciplina, los mejores baluartes i los más firmes
sostenes del espíritu que anima hoy a estos dos pueblos hermanos”.
Terminó brindando por los
oficiales sobrevivientes del Huáscar,
Carvajal, Sotomayor, Elías Bonnemaison cuya presencia dio “especial emoción” a
la reunión.[50]
Las palabras del ministro Loayza que he citado hace breves momentos
no fueron
simples ejercicios de retórica. De hecho, durante el crucero de verano de 1930,
la escuadra peruana zarpó del Callao rumbo a Valparaíso, siendo la primera vez
que esta operación se realizaba desde los tiempos del conflicto con España de 1866. El editorial de la Revista de Marina dio
cuenta de ello y, calificó ambas
visitas, la del General Baquedano y
de la Escuadra peruana, como acciones
que definen los “principios de paz i
confraternidad, no como símbolo, sino como la más preciosa de las realidades”,
añadiendo que “ha tocado a los representantes de las Marinas de Chile i del
Perú realizar la labor de estrechar los sentimientos de dos pueblos jóvenes […]
no puede ser más honrosa
y satisfactoria la misión dignamente cumplida por el
personal de la Armada”.[51]
Incluso, el entonces poeta
peruano con mayor
influencia, José Santos Chocano, quien residía en Chile, escribió
un artículo en el diario
La Nación, donde sus ideas fuerzas fueron que el arribo de la
Escuadra peruana traía los olivos de la paz luego que, pasada una centuria, Chile
había llevado la
independencia con la Expedición Libertadora. Resaltó las coincidencias simbólicas
cuando el crucero Arturo Prat fue el primer buque que intercambió saludos en aguas chilenas con
el crucero Almirante Grau -coincidencia que también informó el capitán de
navío Julio V. Goicochea en su
informe-, las ofrendas florales presentadas por los marinos
peruanos, así como las glorias inmortalizadas en la columna
rostral elevada en homenaje al combate naval del 2 de mayo de 1866. Elogia al
gobernante chileno a quien titula como Soldado
de la Paz; para terminar sosteniendo que “así es como la palabra -llena de dignidad, llena de
honradez, llena de fe caballerosa- con que el Perú ha hablado en Chile por los
labios del comodoro de su Escuadra -que no saben de los azúcares de la mentira-
borra para siempre el mal recuerdo de tanta palabra inútilmente gastada entre
ambos pueblos”.[52]
Asimismo, la revista de la
oficialidad naval peruana transcribió algunos textos periodísticos del diario El Mercurio, haciendo eco de las
impresiones y palpitaciones que se dieron en Chile. Vale considerar que la Revista de Marina era leída por el
cuerpo de oficiales de la Armada, un auditorio sensible y expectante a la participación
efectiva de su Institución como
elemento de la diplomacia nacional. En
el artículo transcrito, el autor recorre los principales momentos históricos que unieron a Perú y Chile contra amenazas
foráneas o divergentes a sus intereses mutuos. El más antiguo hace alusión al esfuerzo independentista, el segundo a la unión de peruanos
conservadores y chilenos
contra la Confederación Perú-Boliviana, el tercero a la
alianza ofensiva defensiva contra España en 1866. Por razones obvias, no se
menciona directamente la guerra por el Guano y el Salitre, pero sí se nombran a
Grau, Bolognesi -ambos fallecidos en dicha contienda- “figuras augustas” a decir del redactor, así como a los hombres
“que escribieron con su acción i su sacrificio páginas de
gloria para su patria, i que impusieron ante el mundo el más alto respeto a su
bandera”.[53]
Termina este emotivo texto
diciendo que “la visita de la división naval peruana del comodoro Goicochea,
tiene en Chile el aspecto de un acontecimiento mui alto. Las banderas que se
batieron juntas en ocasiones memorables, vuelven a
reunirse en las aguas de esta República, como una manifestación decisiva
de la amistad ahora inquebrantable entre peruanos y chilenos […] Noble embajada del país hermano,
llega esta que constituyen los marinos del Perú, a una tierra verdaderamente
amiga i cuyos habitantes los guardan con los brazos abiertos para que quede
sellada una vez más la unión indisoluble de su país i de Chile”.[54]
En este punto recordemos un
extracto de las palabras del canciller peruano Pedro Rada y Gamio cuando
encabezó la delegación peruana que tomó posesión de la provincia de Tacna,
recuperada a las 1400 horas del 28 de
agosto de 1929, puesto que utilizó los mismos ejemplos históricos para resaltar
la unidad entre los dos países: “Está sellada la amistad del Perú y Chile. Los barcos de San Martín
podrían volver a Paracas y en su trayecto victorioso, el Gran Protector podría recorrer de nuevo estos
campos sagrados, sin encontrar otra cosa que amigos y hermanos; contemplaría a los vencedores de
Chacabuco y Maipú abrazados con los vencedores en Junín y Ayacucho”.[55]
Regresando a nuestro relato
de 1929, y de acuerdo a la Crónica Nacional de la Revista de Marina, el primer acto de los
marinos peruanos en Valparaíso fue colocar una ofrenda floral ante el monumento
de Arturo Prat. En dicha ceremonia, el capitán de navío Julio
Goicochea, comandante general
de la Escuadra, sostuvo:
“Los marinos del Perú, al llegar a estas playas, se detienen reverentes, ante el monumento que perpetúa la gloria del Capitán Prat, uno de los
más grandes i esforzados héroes
de la Marina chilena, para ofrecer en nombre de la Escuadra peruana este
modesto homenaje.
El culto a los héroes es tradicional: su origen se remonta i pierde
en la inmensidad de los siglos. El recuerdo de los que ofrendaron heroicamente su vida por el bien de la patria, nunca muere; su figura se agiganta con el correr
de los tiempos, i el digno ejemplo
que legaron, hace que su fama
adquiera relieves inmortales. Esa fama no queda entre los suyos; la patria, no
es suficiente escenario de sus glorias, va
más allá; trasmonta las más altas montañas, surca los más lejanos mares i cruza
el espacio infinito invadiendo todos los confines. Es por esto, que los héroes
que pierden su nacionalidad para hacerse universales.
Nuestro homenaje se hace
extensivo a los otros dos héroes cuya memoria se perpetúa, también en este
mismo monumento, el Guardiamarina Riquelme i el Sargento Aldea, quienes, inspirados en las hazañas de su jefe,
merecieron la gratitud de la Patria.
Jóvenes marinos
de Chile i del Perú: Retemplad vuestro
espíritu ante este altar del
patriotismo i del deber i, cuando sintáis que desfallece, recordad a vuestros
héroes e imitadlos”.[56]
A decir del jefe de la
Escuadra peruana, la ceremonia se realizó frente a una “enorme muchedumbre”,
terminando con un desfile frente al monumento que fue vivamente ovacionado.
El 11 de marzo a las 09:40
horas, el director de la Escuela Naval de Chile, capitán de navío
Alejo Marfán recibió
a la delegación naval peruana, la cual recorrieron las
instalaciones de dicho plantel y de su museo. Luego de esta inspección, el jefe
de los marinos peruanos obsequió a la escuela naval un trofeo, retribuyendo el presente que los del Baquedano
entregaron a la Escuela Naval de La Punta, el año anterior. “se
trata de una artística concha, toda cincelada en plata, ostentando en el centro
un escudo de no menos labor artística”.
De acuerdo
a las notas de prensa, las palabras de Goicochea versaron sobre la confraternidad
internacional, así como del buen estado de la escuela naval de Chile,
lo que motivó al director
del plantel a estrechar, cito “efusivamente la mano” de su
visitante. Fue durante estos momentos de alegría y brindis, que Goicochea brindó
con un “vibrante viva Chile,
que fue coreado por toda la
oficialidad”. La respuesta de Alejo Marfán fue un grito estridente de “Viva el Perú”,
igualmente contestado por los presentes.[57]
Cuando arribó al Callao la Escuadra peruana, el centro naval, presidido
por el
contralmirante Mora, ofreció, el 5 de abril, -fecha considerada como la
declaratoria de guerra que Chile hizo al Perú en 1879- una champañada a los jefes y oficiales que habían participado de este viaje.[58] Esta aprobación
a la labor diplomática de la Escuadra por parte de la totalidad de los socios
del centro naval, el cual incluía a varios sobrevivientes de la guerra así como a
hijos de aquella
generación, fue un reconocimiento meridiano a la política internacional del régimen así como del uso de una institución peculiarmente sensible con el aspecto de la guerra del Pacífico.
Esto me motiva a pensar que, en los ánimos de esta generación de marinos, existían
las ganas de dejar
atrás los hechos terribles de la guerra
y mirar el futuro con ánimos de cierta
confraternidad americana.
Previo a esta fecha, el 28 de
marzo, el comandante general de la Escuadra elevó al ministro de Marina y Aviación el informe de inteligencia de su viaje a Chile. Este documento reservado, se lo debo a las hijas del comandante Goicochea, las señoritas Doris y Rosa Goicochea, grandes mujeres que profesan un enorme cariño a
nuestra Armada.
En el documento se anotaron observaciones y apreciaciones, así como
opiniones y conceptos que podían servir, a decir del autor, de “orientación
para futuros procedimientos”.
Comienza el informe señalando
la curiosa coincidencia del encuentro de Grau
y Prat a 200 millas de Punta Angamos, un día 8 y a las 1000 horas. El acorazado Arturo Prat, que no tenía conocimiento del rumbo ni ubicación del B.A.P. Almirante Grau, se encontraba navegando en búsqueda de la
goleta Esperanza, que se hallaba
perdida. Los dos buques de guerra cumplieron con el ceremonial naval
saludándose con once tiros cada uno.[59]
El 10 de marzo, cuatros
destructores chilenos, el Riquelme, Videla, Serrano y Orella escoltaron
a la Escuadra peruana durante su ingreso al puerto de Valparaíso; sumándose la
escuadrilla de hidroaviones cuyos tripulantes
y pasajeros saludaban “agitando pequeñas banderas
peruanas”.[60]
El B.A.P. Almirante
Grau saludó con 21 disparos
durante su ingreso al puerto, coincidiendo con el
zarpe del buque escuela español Sebastián
Elcano. Ya en muelle, el Capitán de Navío Goicochea desembarcó acompañado
del cónsul peruano Francisco Pardo de Zela, de su ayudante naval chileno
capitán de corbeta Óscar Arredondo y de su ayudante naval peruano capitán de
corbeta Roque Saldías.[61]
Varias cosas llamaron la atención del marino peruano.
La primera fue la elegancia de los seis autos de siete asientos cada uno puestos para uso de los
jefes peruanos, los cuales tenían colocadas las banderas de Perú y Chile. En ese sentido, el alcalde de la ciudad, capitán de corbeta en retiro Lautaro Rosas,
envió su propia limosina para el uso del Comandante General de la Escuadra.[62] El personal
de oficiales de mar y marinería fueron
atendidos con pases
libres para el servicio
de transporte público,
lo que les ahorró tiempo
y dinero.
En el informe del marino
peruano, destacó que los flamantes submarinos Thompson, O’Brien y Simpson, recientemente construidos en Inglaterra, retrasaron su ingreso a puerto para que, a decir
de Goicochea “evitar así el que se pudiera aminorar en algo las fiestas
preparadas exclusivamente para los buques peruanos. Este gesto de la
superioridad naval, ha sido muy aplaudido y gratamente
comentado por la sociedad de Valparaíso, por constituir una forma elocuente
de deferencia y atención por la Armada Peruana”.[63] En esa
línea, diariamente, los comandantes de los buques chilenos invitaron a almorzar
a bordo de sus unidades navales a los oficiales peruanos.
Por otro lado, y de acuerdo
al informe, y dando inicio a la “semana peruana”, “al pisar el primer tramo de
la escala de desembarco, se lanzaron vivas al Perú y a su Marina […] en medio
de una lluvia de flores y millares de aclamaciones del pueblo, avanzamos
abrumados por el grandioso recibimiento”.[64] Estas
manifestaciones fueron realizadas por todas las clases
sociales del lugar, desde los clubes de obreros hasta por la alta sociedad
chilena, los cuales, estando alejados de los asuntos políticos del momento,
acompañaron al presidente Adolfo Ibáñez del Campo a los distintos actos de recepción. De hecho, se organizaron grandes
eventos tanto en Valparaíso
como
en Viña del Mar. Por ejemplo, en el local de la Intendencia se presenció
un desfile popular
en el que tomaron parte más de 30000 personas;
se realizó un gran baile en el club naval, un almuerzo en las Salinas,
así como un gran
baile en el club de Viña del Mar.
Incluso, el presidente de la
república de Chile, quien no frecuentaba las carreras de caballo, concurrió
tanto al almuerzo como a la carrera de gala que se llevó a cabo en el hipódromo
Valparaíso Sporting Club, cuyos premios llevaron los nombres de héroes peruanos,
así como del presidente Leguía, reconocido turfman peruano.
En adición, durante las 35 horas
que los marinos
peruanos estuvieron en la capital Santiago
de Chile, fueron
declarados huéspedes ilustres
de la ciudad por su alcalde, el capitán de fragata (r) Eliecer Parada.
Durante aquel día y medio, y a bordo de los catorce vehículos que los ministerios de Guerra y Marina
pusieron a disposición de los marinos
peruanos, se visitó
al presidente Ibáñez en el palacio
de la Moneda, se asistió
al almuerzo ofrecido por el ministro de marina en el club de la Unión, de atendió la recepción en el casino militar,
al banquete ofrecido
por el presidente de la república en el
palacio de gobierno, se visitaron los cerros San Cristóbal y Santa Lucía así
como al club hípico donde almorzaron 200 personas y una recepción en la escuela
militar.[65]
La plana menor de la Armada
Peruana no fue ajena a este tipo de eventos.
Fueron invitados al baile popular
en el parque Italia, a un almuerzo en El Tranque de la población de Vergara, así como a una tarde
de campo en el Valparaíso Sporting Club; actos
organizados por las sociedades obreras, el casino de sub
oficiales, soldados y particulares. Incluso, un marinero peruano fue
solicitado para que sea padrino de bautizo de un niño chileno.
Sobre este aspecto, el
Capitán de Navío Goicochea anotó en su informe
que el éxito alcanzado por la Escuadra
Peruana en relación
al pueblo chileno, “ha
sido [por] la gran unión, amistad y simpatía que ha despertado el personal
subalterno”.[66]
El 15 de marzo se llevó a
cabo un almuerzo en honor al presidente Ibáñez
a bordo del B.A.P. Almirante Grau,
el cual contó con la presencia de cuarenta autoridades políticas, así
como con miembros de la alta sociedad chilena. Momentos antes, el presidente
condecoró a los jefes navales peruanos con la Orden al Mérito de Chile en los grados de Comendador y Oficiales. Los agraciados fueron los capitanes de navío
Goicochea, Tomás Pizarro, Héctor Mercado; los capitanes de fragata Víctor Escudero, Humberto
Alfajame, y los capitanes de corbeta Roque
Saldías, José R. Alzamora, Luis Colmenares, Mariano Melgar y Adan Badham.[67]
Por su parte, el gobierno
peruano, a través del jefe de la Escuadra condecoró con la Orden del Sol en
grado de Gran Oficial al contralmirante Chappuzeau y
al general Urcullu, quienes habían estado en nuestro país meses atrás en el
contexto de la toma de mando del presidente Leguía.[68]
Como retribución por las
atenciones recibidas, la escuadra peruana organizó una fiesta a bordo tanto del B.A.P. Almirante
Grau como del B.A.P.
Coronel Bolognesi donde
más de mil asistentes dieron realce, a decir de los
medios locales, a la “majestuosa” fiesta, donde las vivas al Perú, a Leguía y a la Marina peruana no dejaron de
sonar.[69]
Un aspecto que reunió mucha
carga sentimental y simbólica, fue la visita que el estado mayor de la escuadra
peruana realizó a la viuda de Prat, donde se le obsequió un bouquet de rosas rojas y blancas.
Cuando los marinos peruanos
regresaron al Callao, el Centro Naval ofreció, el 5 de abril –fecha considerada
como la declaratoria de guerra que
Chile hizo al Perú, en 1879– un agasajo a los Jefes y
Oficiales que participaron de tan importante viaje. Esta fue una aprobación
tácita a la labor diplomática realizada, la cual adquiere mayor quilate si se
recuerda que entre los socios presentes se encontraban sobrevivientes de la guerra
del Pacífico, así como los hijos de aquella generación.
La estrategia
internacional, delineada por el régimen de la Patria Nueva, para concluir un
pendiente diplomático derivado de la guerra de 1879, utilizó varios componentes
del poder nacional, representados en ámbitos tan cotidianos como
extraordinarios tal como fueron los deportes, el periodismo, la cultura, la
intelectualidad, las artes, y la Armada
–Marina de Guerra del Perú– para crear y asegurar el ambiente propicio para
zanjar lo restante del Tratado de Ancón.
Dicho esto, la participación
de una institución sensible tanto por su actuación como por la situación en que quedó después de la guerra,
como lo fue la Marina de Guerra, demuestra
la madurez, profesionalismo y reflexión de los
marinos en beneficio de los intereses del Estado.
En otras palabras, el Estado hizo uso del Poder Naval para una tarea
diferente a la guerra, lo que confirma
la adaptabilidad y potencialidad de la Fuerza Naval
Peruana, la cual se alienó
con los objetivos derivados, – si lo decimos
en términos actuales–, de la Constitución de la República, específicamente, en
lo referido la participación en la Política Exterior el país, años antes que
esta se codificara.
De este modo, se pone en evidencia
el éxito de la diplomacia
naval peruana en un contexto
crítico de la historia de la República del Perú.
[1] Capitán de Corbeta de la Marina
de Guerra del Perú. Magíster
en historia por la Pontificia Universidad Católica del Perú. Es Miembro de Número del Instituto de
Estudios Histórico- Marítimos del Perú, Miembro de Número del Instituto
Peruano de Investigaciones Genealógicas, Miembro Asociado
del Instituto Riva-Agüero de la Pontificia Universidad Católica del Perú, Miembro Asociado de la Sociedad Peruana de Derecho Internacional y Associate Member del Corbett Centre for Maritime Policy Studies del King’s College, London.
[2] Del libro “Posición
Internacional del Perú”, por Alberto
Ulloa (1941). Revista Peruana
de Derecho Internacional. Tomo XXX, nro. 71, p. 70, 1973-1975.
[3] Durante las negociaciones previas
(y durante) al plebiscito, fueron varios los marinos que viajaron vía ruta marítima hacia el
sur para complementar los diversos equipos peruanos que defendían la
inviabilidad de su realización.
[4] En las memorias del
contralmirante Tomás Pizarro se hace una brevísima referencia al informe,
específicamente a las 37 palabras con que el capitán de navío Julio Goicochea reconoce su buena labor. Pizarro Rojas, Tomas
(2017). El Resurgir de la Armada Peruana. Memorias del señor
Contralmirante don Tomás M. Pizarro Rojas, 1884-1971. Lima: Instituto de
Estudios Histórico-Marítimos del Perú, p. 192.
[5] “Al entrar al Callao vimos la escuadrilla peruana que maniobraba fuera
de la bahía […] Con pesar vi a nuestras naves, pues ni el más ciego y estúpido
patriotismo podía ocultar a los que
conociesen al Blanco y al Cochrane, que nuestras gallardas naves y
sus nobles tripulantes estaban condenados fatal y necesariamente, al más cierto
y estéril sacrificio […] ¡Desgraciado, sin embargo, el que entonces lo hubiera
dicho en Lima! Cuando menos, lo hubiera tildado de traidor”. Lavalle, José Antonio (1979). Mi Misión en Chile en 1879. Edición, prólogo y notas por Félix
Denegri Luna. Lima: Instituto de Estudios Histórico-Marítimos del Perú, pp.
132-133.
[6] Mediante Ley nro. 6236 de fecha 16 de agosto de 1928 se dispuso que la
representación diplomática del Perú en Chile tenga rango de Embajada. Entre los
firmantes estuvo el senador secretario César A. Elguera.
[7] “Glosario de la Semana”. Revista Mundial, año VIII, Lima 3 de agosto de 1928, nro. 425.
[8] Ídem.
[9] Saavedra fue condecorado por
el gobierno peruano con la Orden del Sol en grado de Comendador, mientras que
Zañartu lo fue con la Orden del Sol en el grado de Oficial. Rada y Gamio, Pedro
(1929). Memoria que presenta al Congreso
Ordinario de 1929 el Dr. Pedro José Rada y Gamio, Ministro de Relaciones Exteriores. Lima: Imprenta Torres Aguirre. Anexo I, p. 686.
[10] “Glosario de la Semana”. Revista Mundial, año VIII, Lima 24 de agosto de 1928, nro. 428 / “Nuestra representación diplomática
en Chile”. Revista Mundial, año VIII, Lima 7 de setiembre de 1928, nro. 430. González Prada era hijo del distinguido intelectual y antichileno Manuel
González Prada.
[11] “La recepción de nuestro
embajador en Santiago”. Revista Mundial,
año VIII, Lima 19 de octubre de 1928,
nro. 436. Revista Mundial, año VIII,
Lima 2 de noviembre de 1928. nro. 438. De acuerdo con Augusto B. Leguía, las
relaciones diplomáticas se reabrieron después de dos décadas por iniciativa del
Secretario de Estado de Estados Unidos de América,
Frank B. Kellogg. Leguía Salcedo, Augusto
B. (1928). Mensaje presentado al Congreso Ordinario de 19280 por el Presidente de la República
Sr. D. Augusto B. Leguía. Lima: Imprenta Garcilaso, p. 8. El 10 de julio de 1928, Kellogg
escribía a las cancillerías
del Perú y Chile: “Creo con firmeza
que esa actitud generosa despertaría el sentimiento de los pueblos y sería aplaudida por todas
las Naciones del hemisferio occidental como un paso en servicio de la paz y
buena voluntad permanente”. Rada y Gamio, Pedro (1929). Memoria que presenta al Congreso Ordinario de 1929, p. XXXIV.
[12] De acuerdo con la
distinguida etnohistoriadora Carmen Arellano
Hoffmann: “Este pico [Aconcagua] más alto de los Andes,
era la última montaña de ofrendas que se hacía dentro
de uno de los ceques más largos que tenía el Cuzco
incaico. Aparte de que era un hito limítrofe
del Tawantinsuyu, así como del extenso wamani que
se extendía desde Copiapó
hasta Santiago de Chile, lo que fue después el territorio de la Capitanía. Todo
muy simbólico desde un punto de vista religioso andino y de perspectiva
histórica diacrónica.
[13] “Glosario de la Semana”. Revista Mundial, año VIII, Lima 31 de agosto de 1928, nro. 429.
[14] “Cinco horas con el Gran Medina”. Revista Mundial, año VIII, Lima 31 de agosto de
1928, nro. 429.
[15] “Glosario de la Semana”.
Revista Mundial, año VIII, Lima 16 de noviembre
de 1928, nro. 440.
[16] “Una interviú
a Rafael Maluenda”. Revista Mundial,
año VIII, Lima 16 de noviembre de
1928, nro. 440.
[17] “Carlos Valderrama, en su gira triunfal, visita el Huáscar”.
Revista Mundial, año VIII, Lima de setiembre de 1928, nro. 431.
[18] “Un reportaje lírico.
- Sofía del Campo”. Revista Mundial, año IX, 10 de mayo,
nro. 464.
[19] “Glosario de la Semana”.
Revista Mundial, año VIII, Lima 21 de setiembre
de 1928, nro. 432.
[20] “Celebración
del aniversario chileno”.
Revista Mundial, año VIII, Lima 21 de setiembre
de 1928, nro. 432.
[21] “Glosario de la Semana”. Revista Mundial, año VIII, Lima 8 de marzo de 1929, nro. 455.
[22] “Mundial y los Deportes”. Revista Mundial, año VIII, Lima 22 de marzo de 1929, nro. 457.
[23] “Glosario de la Semana”. Revista Mundial, año IX, Lima 26 de abril de 1929, nro. 462.
[24] Gálvez Velarde, Pedro (s/f). La Bitácora
de mi vida. Lima: s/i, pp. 67-76.
[25] “Glosario
de la Semana”. Revista Mundial, año VIII, Lima 28 de setiembre de 1928, nro.
433. Fue recibido por Leguía el 3
de octubre de 1928.
[26] Rada y Gamio, Pedro (1929). Memoria
que presenta al Congreso Ordinario de 1929, p. XLV. “Glosario de la
Semana”. Revista Mundial, año VIII,
Lima 5 de octubre de 1928, nro. 434.
[27] Elguera fue
recibido por el Ibáñez el 5 de octubre de 1928.
[28] “Glosario de la Semana”. Revista
Mundial, año VIII, Lima 26 de octubre de 1928, nro. 437.
[29] “En nuestra
embajada en Santiago”. Revista Mundial, año VIII, Lima 21 de diciembre de
1928, nro. 445.
[30] “Glosario de la Semana”. Revista Mundial, año VIII, Lima 12 de octubre de 1928, nro. 435.
[31] “Glosario de la Semana”. Revista Mundial, año VIII, Lima 22 de febrero de 1929, nro. 453.
[32] “Glosario de la Semana”. Revista Mundial, año VIII, Lima 12 de abril de 1929, nro. 460.
[33] “Glosario de la Semana”. Revista Mundial, año IX, Lima 19 de abril de 1929, nro. 461.
[34] Leguía Salcedo, Augusto B. (1929). Mensaje presentado al Congreso Ordinario de 1929 por el Presidente de la República Sr. D. Augusto
B. Leguía. Lima:
Imprenta Torres Aguirre, p.
6. El Congreso aprobó el tratado el 4 de julio de 1929.
[35] “La Paz de América”. Revista Mundial, año IX, Lima 24 de mayo de 1929, nro. 466.
[36] Del libro “Posición
Internacional del Perú”, por Alberto
Ulloa (1941). Revista Peruana
de Derecho Internacional. Tomo XXX, nro. 71, p. 72, 1973-1975.
[37] “Las adhesiones al presidente de la República”. Revista Mundial, año IX, Lima 7 de junio de abril de 1929, nro. 468.
[38] “Suntuoso banquete ofrecido
anoche por el embajador de Chile al presidente de la
República”. Revista Mundial, año IX, Lima 24 de mayo
de 1929, nro. 466.
[39] Emiliano Rodríguez Larraín
fue condecorado con la Orden
del Sol en grado de Gran
Cruz. “Interesantes declaraciones del Embajador de Chile”. Revista Mundial, año IX, Lima 24 de mayo de 1929, nro. 466.
[40] “Veinte minutos de audiencia con el canciller chileno señor Conrado
Ríos Gallardo”.
Revista Mundial, año IX,
Lima 7 de junio de 1929, Nro. 468.
[41] Rada y Gamio,
Pedro (1929). Memoria que presenta al Congreso Ordinario de 1929, pp.
32-115.
[42] “El vibrante Mensaje del Presidente de la República al Congreso, sobre el Pacto con
Chile”. Revista Mundial, año IX, Lima 28 de junio, nro. 471.
[43] Rada y Gamio, Pedro (1929). Memoria
que presenta al Congreso Ordinario de 1929 p. LXXVII.
[44] “Visitas a la Escuela
Naval del Perú”.
Revista de Marina,
año XIV, setiembre-octubre de 1929, número 5, p. 468. El gobierno
peruano lo condecoró
con la Orden del Sol en grado Oficial. Rada y Gamio, Pedro (1929).
Memoria que presenta al Congreso
Ordinario de 1929 el Dr. Pedro José Rada y Gamio, Ministro de Relaciones Exteriores. Lima: Imprenta Torres
Aguirre. Anexo I, p. 687.
[45] Von Schroeders fue
condecorado por el gobierno peruano con la Orden del Sol en grado Comendador,
mientras que Santibañez con la Orden del Sol en grado
de Oficial. Rada y Gamio, Pedro (1929).
Memoria que presenta al Congreso Ordinario
de 1929. Anexo
I, p. 688.
[46] “Visita del Buque Escuela Chileno General Baquedano”. Revista de Marina, año XIV, noviembre-diciembre de 1929, número 6,
pp. 628-629.
[47] “Homenaje al Almirante
Miguel Grau, tributado por los marinos chilenos”. Revista de Marina, año
XIV, noviembre-diciembre de 1929, número 6, pp. 629-631.
[48] Abraham de Rivero pertenecía al partido Constitucional.
[49] “Almuerzo en el Centro naval”. Revista de Marina, año XIV, noviembre-diciembre de 1929, número 6,
pp. 632-634.
[50] “El banquete en la Embajada
de Chile”. Revista de Marina, año XIV, noviembre-diciembre de 1929, número 6, pp. 635-637.
[51] “Nuestra Portada” (1930). Revista de Marina, año XV, marzo y abril de 1930, número
2, p. 97.
[52] Santos Chocano, José (1930). “Pax”. Nación, 13 de marzo
de 1930. En Revista de Marina, año XV, marzo y abril de 1930, número 2, pp. 160-162.
[53] “Flamea en
nuestras aguas la bandera del
Perú”. El Mercurio. En Revista de
Marina, año XV, marzo
y abril de 1930, número
2, pp. 214-215.
[54] Ídem.
[55] Rada y Gamio, Pedro (1929). Memoria que presenta al señor Presidente de la República, don Augusto B. Leguía, la Delegación Nacional que fue a Tacna a
recibir los territorios devueltos por Chile, p. XVII. Anexo a la Memoria que presenta
al Congreso Ordinario
de 1929 el Dr. Pedro José Rada y Gamio, Ministro de Relaciones Exteriores. Lima: Imprenta Torres Aguirre.
[56] “Los marinos peruanos
colocaron una corona
al monumento del Almirante chileno
Arturo Prat”. Revista de Marina, año XV, marzo-abril de 1930, pp. 215-216.
[57] “La visita a la Escuela
Naval”. Revista de Marina, año XV, marzo-abril de 1930, p. 216.
[58] “Champañada
en el Centro Naval”. Revista de Marina, año XV, marzo-abril de 1930, p.
218.
[59] Oficio (r) V-1-2 del Comandante General de la Escuadra
al ministro de Marina y Aviación,
de fecha 28 de marzo
de 1930, p.1. Versión digitalizada en el Archivo
Histórico de Marina. Lo mismo refiere el Contralmirante Tomás Pizarro en sus memorias. Pizarro Rojas, Tomas (2017). El Resurgir de la Armada Peruana. Memorias del señor Contralmirante don
Tomás M. Pizarro Rojas, 1884-1971. Lima: Instituto de Estudios Histórico-Marítimos del Perú, p. 191.
[60] Oficio (r) V-1-2 del Comandante General
de la Escuadra al ministro
de Marina y Aviación,
de
fecha 28 de marzo de 1930, p. 2. Versión digitalizada en el Archivo Histórico de Marina.
[61] Ibídem, p. 2. Roque Saldías
llegaría a ser Vicealmirante de la Armada
Peruana y ministro de Estado en varias
carteras. Véase. Laguerre
Kleimann, Michel (2020).
La Misión Naval
Americana en el Perú 1920-1933/1938-1969. Lima: Escuela Superior de Guerra
Naval.
[62] En el informe del capitán de
navío Julio V. Goicochea se destaca que las principales autoridades chilenas en
Valparaíso eran oficiales de marina: contralmirante Francisco Nieto, Intendente de Aconcagua, vicealmirante (r) Arturo Acevedo
Intendente de Santiago y el capitán de fragata (r)
Eliecer Parada, alcalde de Santiago.
[63] Ibídem, p. 3.
[64] Ibídem, p. 2.
[65] Ibídem, p. 8.
[66] Ibídem, p. 5.
[67] Ibídem, p. 6.
[68] Ídem. El 28 de julio de 1929, en el Palacio de la Moneda
se efectuó el canje de ratificaciones
del Tratado de Lima, acto donde el
gobierno peruano condecoró al presidente Ibáñez del Campo con la Orden del Sol
en grado Gran Cruz en brillantes. Rada y Gamio, Pedro (1929). Memoria que presenta al Congreso Ordinario
de 1929, Anexo I, p. 683.
[69] Oficio (r) V-1-2 del Comandante General de la Escuadra
al ministro de Marina y Aviación,
de
fecha 28 de marzo de 1930, p. 7. Versión digitalizada en el Archivo Histórico de Marina.